Puntos de partida: el contexto del conflicto en la experiencia cotidiana

La geografía del mundo actual evidencia una vida cotidiana signada por disparidades económicas, sociales y políticas que se traducen en un amplio abanico de tensiones, conflictos y enfrentamientos que, entre otras cuestiones, demandan la necesidad de articular aproximaciones teóricas que permitan dar cuenta de las desigualdades y jerarquía sociales desde sus múltiples dimensiones y escalas.

La imposición de lo fragmentario y lo efímero como ejes de la interacción social han generado una forma de pensar el mundo dominada por lo superficial y lo aparente, enmascarando procesos de control y subordinación bajo una narrativa de neutralidad y equilibrio sistémico, donde las desigualdades y las tensiones derivadas de éstas son argumentadas como externalidades anómalas, que mediante ciertos ajustes pueden ser contenidas y superadas. Se establece así un planteamiento retórico que supone que las problemáticas sociales pueden ser reguladas por los mismos procesos que las generaron.

Dentro de esta geografía de la desigualdad y de los conflictos las ciudades son consideradas como los lugares neurálgicos de la lógica de acumulación y de la reproducción de dispositivos de regulación social, cuya configuración espacial denota la ampliación de las diferencias tanto entre las distintas ciudades, como al interior de cada una de ellas. Su morfología y sus representaciones expresan la coexistencia tensa entre diferentes proyectos y lógicas sociales.1

Al respecto el Observatorio Metropolitano de Madrid señala que “en los últimos años ciudades de todo el planeta han sido testigo de revueltas, acampadas y movilizaciones. Estos actos son la expresión de un rechazo a que la vida sea transformada en una mercancía intercambiable en el mercado”.2 Se evidencia una discordancia entre los objetivos del proyecto social dominante y la posibilidad de satisfacción de necesidades de sobrevivencia de amplios sectores de la población, desajuste que requiere de mecanismos de adjetivación que sostengan y reproduzcan a dicha contradicción, donde se normalice el posicionamiento de objetivos de clase como interés común. Se constituye un discurso que coadyuva en la regulación de la dominación por medio de establecer una forma hegemónica de subjetivación política que establece una serie de organizadores de sentido que amalgama un orden social, orientando las prácticas materiales y su representación.3

Se puede decir que el núcleo del conflicto que domina los tiempos actuales es la disputa entre una lógica que coloca a la vida misma como objeto y/o experiencia mercantilizable, frente a otra que posiciona al sujeto como medio y finalidad de reproducción.

Discutir y debatir sobre este conflicto requiere reconocer a la desigualdad como una condición predominante en el mundo contemporáneo,4 cuyas muchas dimensiones, formas y efectos regulan y limitan la praxis productiva y reproductiva, de tal manera que representa un elemento constitutivo del ordenamiento societal.5 En esta dirección se parte de la propuesta de desarrollo geográfico desigual6 como la posibilidad teórica metodológica de abordar y explicar a la producción diferenciada de espacios como condición estratégica de acumulación y de control social. Las desigualdades espaciales

[…] cobran forma a través de una trama densa y compleja de acciones contradictorias de actores enfrentados, territorios que ponen de manifiesto disputas, pujas y luchas de poder donde se dirimen conflictos entre políticas públicas, intereses y vocaciones del capital y necesidades de las poblaciones locales. Estos conflictos, que no son estáticos ni son resueltos unívocamente, adquieren en su reproducción formas inéditas, plantean permanentemente nuevas problemáticas.7

Se considera que el desarrollo geográfico desigual es la expresión definitoria de la destrucción creativa característica de la dinámica de reproducción capitalista.8 En esta dirección se puede establecer que la espacialidad del capitalismo tardío es aparentemente contradictoria e inconexa, pero en realidad se trata de la concreción de un proceso articulado de valorización-desvalorización, donde el espacio es fragmentado y atomizado como medio de acumulación y regulación social.

Bajo este orden de ideas, la intensión es plantear y avanzar en la discusión de 3 ejes argumentativos, a partir de la producción de espacio como clave epistemológica, que permitan delimitar una mirada geopolítica a los fenómenos de las rentas de segregación y cultural, por un lado, y a la justicia espacial por el otro. En específico se recupera la representación espacial como forma de subjetivación política dominante en oposición a los espacios de representación como posibilidad de articulación de la justicia espacial.

Punto de partida epistemológico: la producción del espacio

Se plantea la necesidad de una geografía que permita visibilizar, aprehender y tratar de explicar las desigualdades espaciales y sus conflictos, tanto manifestaciones como en sus procesos constitutivos. Necesariamente tiene que aproximarse a las formas y mecanismos específicos que el capital produce en su incesante búsqueda de acumulación, pero también requiere comprender los procesos de reproducción de los sujetos más allá de su condición como fuerza de trabajo, es decir, en sus procesos de subjetivación política, como agencias que entran en contradicción con la lógica de acumulación pero no solamente en el ámbito material, sino también en el simbólico.

Por lo tanto se debe superar una visión productivista de la geografía que sólo se concentre en el momento contradictorio de la acumulación para pensar los espacios también en su condición subjetiva, en su formulación política. Se trata de lo que Alessandri9 menciona como el paso de una geografía de la acumulación por una de la reproducción (que no elimina la primera, sino que la complementa).

Lo anterior implica construir un armazón teórico donde la dimensión espacial no sea planteada como un cuerpo monográfico que agrupa una serie amplia de elementos, fenómenos y procesos que pueden ser desarrollados desde una o varias disciplinas, relativizando a tal punto al propio concepto de espacio que éste se torna intranscendente para analizar y comprender los procesos sociales.

Lo que se pretende es trazar un camino reflexivo que posicione al espacio como concepto central del esquema comprensivo, como un proceso histórico base de toda formación social. En esta dirección Henri Lefebvre explica que:

El espacio no es un objeto científico separado de la ideología o de la política; siempre ha sido político y estratégico. Si el espacio tiene apariencia de neutralidad e indiferencia frente a sus contenidos, y por eso parece ser puramente formal y el epítome de abstracción racional, es precisamente porque ya ha sido ocupado y usado, y ya ha sido el foco de procesos pasados cuyas huellas no son siempre evidentes en el paisaje. El espacio ha sido formado y modelado por elementos históricos y naturales; pero esto ha sido un proceso político. El espacio es político e ideológico, es un producto literalmente lleno de ideologías.10

Las formas y funciones espaciales representan la resolución, siempre inacabada, de las contradicciones entre la racionalidad del mercado y la reproducción social, de tal manera que las estructuras espaciales son condición y resultado tanto de procesos de dominación como de resistencia. Por tal razón si partimos de que nuestras realidades son espaciales entonces es necesario analizar y comprender cómo se produce el espacio, qué tipo de prácticas materiales y de representaciones genera, y cuál es el papel de éstas en los procesos de subjetivación y objetivación de los sujetos. Lo anterior supone que no se trata de estudiar al espacio por sí mismo, al menos no desde su condición ontológica, ya que la propuesta se basa en aproximarnos a las estructuras y agencias sociales desde el espacio que producen, organizan, usan y disputan.

El espacio como un producto-productor11 representa la clave epistemológica central de la investigación que permite trascender una descripción epidérmica de los efectos del capitalismo tardío en las tramas socio-espaciales y analizar sus modos de concreción. Colocar al espacio como estrategia epistemológica implica reconocer que la espacialidad es una de las dimensiones constitutivas de la praxis social, por lo que su análisis no puede quedar limitado ni como un simple contendor de las relaciones sociales ni como su reflejo o proyección. La espacialidad es dinámica y entreteje la vida material y simbólica de los sujetos y las comunidades.

En palabras de Lopes de Souza:

Como cualquier realidad social el espacio no es una entidad apenas objetiva, su objetividad limitada (inter) subjetivamente, su materialidad está dotada de significaciones específicas para cada individuo (subjetividad), pero que también es, en cierta medida, compartida por varios individuos (intersubjetividades)… lejos de ser un simple soporte neutro en lo axiológico, en verdad es una materialidad impregnada de valores, una referencia para la orientación cotidiana, un catalizador simbólico y afectivo (la calle donde se nace, la mansión donde se vive, “mi pedazo”, “mi barrio”, “mi región”). Es una referencia manipulada en forma ideológica.12

Se puede establecer que el espacio es la objetivación de las relaciones sociales, donde su representación intersubjetivizada se constituye como un factor que condiciona el propio movimiento de reproducción de las relaciones sociales. El espacio es, por lo tanto, una estructura dinámica que conjunta un sistema de acciones y objetos,13 que es resultado a la vez de realización de la producción social.

El espacio es el locus de la producción y su espacialización diferenciada es condición y resultado de la contradicción entre reproducción del capital y la vida social. Al respecto Lefebvre señala:

El modo de producción capitalista produce un espacio como todo modo de producción. Las cosas se complican porque la producción de espacio no tiene ya nada de inocente. En el supuesto de que ninguna producción de cosas sea inocente, esta cosa se producirá exclusivamente si permite las plusvalías en el capitalismo. En la producción del espacio hay algo más, un lado estratégico y político de vital importancia. La producción de espacio no es una producción cualquiera, añade algo decisivo a la producción, puesto que también es reproducción de las relaciones de producción.14

Dentro del desarrollo de la propuesta sobre la producción espacial Lefebvre15 aporta un aspecto metodológico fundamental, el establecimiento de los tres momentos que interactúan en la producción de espacio:

1) Practicas espaciales que hacen referencia a los modos de uso y apropiación del espacio, este momento abarca los flujos e interacciones físicas que se dan entre los sujetos y los objetos, es aquí donde vemos materializada la localización y/o disposición diferenciada.

2) Representación del espacio, momento donde los discursos dominantes racionalizan la significación de la experiencia del espacio, es donde se conciben y realizan los códigos de interpretación de la práctica espacial.

3) Espacios de representación que refiere a la posibilidad de imaginar otros sentidos al espacio (diferentes a los de la representación) y que derivan en otros modos de legibilidad de las prácticas espaciales, y principalmente de lo que éstas implican para los sujetos.

De estos tres momentos me interesa destacar la oposición entre la representación del espacio, como momento de subjetivación dominante que se reproduce a partir de su anclaje espacial, frente a los espacios de representación como posible momento anti-sistémico, como camino potencial para la justicia espacial. Lo anterior implica pensar cómo el poder y la dominación se realizan espacialmente.

Eje argumentativo 1: la mirada geopolítica en el desarrollo geográfico

El primer eje de argumentación hace referencia a la dimensión espacial del poder, es decir, a que toda producción espacial es una forma de ejercicio del poder y por lo tanto de contrapoder (al menos como posibilidad). Se trata de considerar que la representación del espacio busca la realización de la dominación a partir de formas de subjetivación emanadas, a la vez que ancladas, a espacialidades específicas, dando sentido y orientando nuestros procesos de interacción y reproducción social.

En esta dirección se puede plantear que la administración del ejercicio de poder, de la gubernamentalidad,16 tiene una dimensión espacial que trasciende una tipificación de espacios por sus características físicas o por el tipo de actividades que en éste se realizan, ya que se está haciendo referencia a cómo nos significamos como sujetos a partir de las prácticas y decodificaciones espaciales que realizamos en todo momento, proceso que concretiza un diferencial de poder.

Desde los debates en geografía lo anterior implica transitar de una geografía política de y al servicio del poder institucionalizado a una que genere conocimientos sobre los modos específicos en que se produce el espacio como instrumento y administración del poder.17  Las formas y funciones del espacio, como una estructura-estructurante18 de la vida cotidiana, dan cuenta de las diferencias sociales y de los mecanismos de dominación, mismos que tienen que ser desvelados para poder ser transformados. De esta manera la espacialidad opera formas de canalización, acomodo, contención, control y dominio que van marcando nuestro lugar en cada uno de los espacios.

Es importante anotar que la geografía política, como proyecto científico institucionalizado, nace como un instrumento de Estado, generando conocimiento estratégico para el ejercicio de poder a la vez que producía representaciones que legitimaban las prácticas espaciales estatales, significando uno de los ejes constitutivos de las identidades nacionales (también regionales, pero subordinadas al Estado nación) como mecanismo de articulación de la comunidad estatal jerarquizada.19

La geografía política fue uno de los campos prolíficos en la espacialización de representaciones que operacionalizaron la subordinación diferenciada de la población al proyecto de clase enmarcado en el Estado nación. Se puede plantear a la geografía política, siguiendo a Foucault,20 como una de las tecnologías de poder a partir de la cual se regula y administra la vida, es decir, el saber de este campo disciplinar en función de la gubernamentalidad.

Dentro del campo de pensamiento y de acción de la geografía política de y para el Estado, como instrumento de administración del ejercicio de poder, nace la geopolítica como proyecto pretendidamente científico para la dominación territorial. Nogué y Rufi lo explican de la siguiente manera:

De ahí, de la oficialidad, surgió la geopolítica, tanto en sus vertientes académicas como aplicadas: como intención expresa de orientar al poder, como «el arte de la guía de la práctica política», en palabras de Karl Haushofer o como «estudio de los requerimientos territoriales del estado» en una definición de Maull que completaba la anterior de geografía política. Esta aplicación política en unos momentos de grandes convulsiones, especialmente en Alemania, eclipsó indefectiblemente lo que pudiera tener de cientificidad, y su aportación explícita o implícita al nazismo acabó con la progresión de la disciplina hasta hacerla desaparecer o sumergirla exclusivamente en los despachos de los cuarteles y las cancillerías.21

Este desarrollo de la geopolítica, desde la institucionalidad del poder estatal, ha marcado su historia y los debates sobre su presunta cientificidad desde diversas disciplinas, donde la geografía no ha sido la excepción. Sin profundizar en esta importante discusión, lo que me interesa es una recuperación crítica de la geopolítica como propuesta metodológica que permite visibilizar las dimensiones de las espacialización del poder. Nogue y Fonti indican que “[…] era necesario que el análisis, la representación y el discurso geopolíticos se distanciaran del poder, no de la política, con tal de ofrecer instrumentos que sirvieran para comprender mejor la realidad y no simplemente avalar la visión hegemónica”.22

Entendida de esta manera, la geopolítica pasa de ser un conocimiento al servicio de la enajenación espacial, es decir, como mecanismo que oculta la subordinación implícita en la generación de subjetivaciones diferencias y que, por lo tanto, naturaliza la dominación, a una propuesta metodológica que permite visibilizar dicha subordinación y analizar como las representaciones espaciales se imponen como tecnología de poder.

A partir de pensar cómo se producen y anclan las representaciones del espacio diferenciadas como estrategia de administración del poder y regulación de la vida social, se puede colocar la desigualdad como un proceso causal y relacional.23 Bajo esta argumentación, la mirada geopolítica permite aprehender que las formas y funciones espaciales articulan una serie de significados que dotan de sentido y regulan nuestras prácticas espaciales y la manera en que significamos la propia experiencia del espacio.

En estos términos, la geopolítica se constituye como una herramienta metodológica fundamental para comprender y generar conocimiento sobre el desarrollo geográfico desigual, no sólo desde el terreno de la desigualdad material, sino, fundamentalmente, desde la subjetivación política como orden socioespacial.

La mirada geopolítica posibilita comprender como las configuraciones espaciales resuelven de manera específica las luchas de poder, los conflictos entre proyectos de clase determinados, así se visibiliza a la propia ciudad como una articulación intencionada de tramas materiales y de subjetivación política que regulan la vida en la misma.

La geopolítica como método de aproximación permite ampliar la comprensión de la instrumentalización del espacio como ejercicio y administración del poder a los aspectos de subjetivación política a través del momento de la representación espacial. Es la concepción de un discurso hegemónico cuya realización transita por su anclaje espacial.

Eje argumentativo 2: espacialidad vertical de rentas de segregación y cultural

A partir de lo señalado en el apartado anterior, la tesis central de este segundo eje es que la producción de representaciones espaciales, como mecanismo de gubernamentalidad, permite producir rentas de segregación y culturales verticalizadas, es decir, en un mismo lugar se articulan desigualdades espaciales, materiales y simbólicas, que generan rentas diferenciales

La segregación es un concepto que se ha trabajado de manera profusa desde diversas disciplinas (geografía urbana, sociología urbana, urbanismo, etc.) y, en términos generales, ha sido aplicado para intentar analizar una suerte de acomodo espacial de personas que comparten alguna característica económica, social, étnica o una combinación de éstas, situación que les puede significar desventajas para algunos, los que son segregados por otros, y ventajas para los que buscan auto-segregarse como mecanismo de protección y garantía de sus privilegios.

Para Ruiz-Tagle24 es desde los marcos epistemológicos del funcionalismo positivista, del estructuralismo y más recientemente del postestructuralismo que se pueden identificar y agrupar cuatro propuestas analíticas sobre las causas, mecanismos y consecuencias de la segregación. La primera busca comprender la segregación desde la relación entre las transformaciones del modo productivo y su impacto en la localización diferenciada por tipo de vivienda. La segunda se explica a partir de la configuración y fraccionamiento del suelo urbano y su vínculo con los mercados inmobiliarios. La tercera propuesta busca abordar la segregación a través de las diferencias sociales y culturales, y la última la explica como una derivación del racismo. Estas aproximaciones estarían planteando la falta de integración en el tejido social resultado de las separaciones por clase, por residencia, por patrones culturales (modos de vida) o por aspectos étnicos.

El mismo autor señala que “el estudio de la segregación está en una tensión entre dos visiones generales, una que plantea la existencia de un fenómeno ‘natural’ (inclusive positivo) que emerge de las concentraciones espaciales y otra que afirma que la segregación está determinada por la estructura capitalista social y económica”.25 Esta tensión es fundamental de tener en cuenta al momento de establecer desde dónde y cómo se piensa abordar la segregación en relación con el desarrollo geográfico desigual.

En esta dirección Gonzalo Rodríguez26 cuestiona a los enfoques dominantes de la segregación residencial por su carácter excesivamente descriptivo, indicando que estas aproximaciones se caracterizan por:

[…] conceptualizar la segregación residencial 1) como una simple relación espacial, donde 2) cualquier grupo desigualmente distribuido en el espacio es un grupo segregado, y que 3) se da entre grupos, sin discriminar entre los grupos segregados propiamente dichos y aquellos grupos que los segregan. Dentro de este enfoque se reconocen generalmente dos grandes tipos o clases de segregación: la étnica o racial por un lado (grupos definidos por su nacionalidad, religión, raza, etnia, idioma, etc.) y la socioeconómica por el otro (nivel de ingresos, educación, categoría ocupacional, etc.).27

El aspecto central de estas aproximaciones radica en el componente espacial, así, la segregación ha sido planteada desde la distribución diferenciada residencial o de actividades económicas, y desde ahí se ha desdoblado el análisis de los aspectos de clase, culturales y de etnia. Si bien esto ha implicado posicionar al espacio como eje nodal y ha resultado en un importante desarrollo de literatura sobre segregación residencial, ese espacio queda cosificado, su dimensión física queda escindida de lo social.

Para superar las limitaciones epistemológicas de estas aproximaciones la propuesta, siguiendo al propio Gonzalo Rodríguez,28 parte de considerar que la segregación más que un resultado, es un mecanismo que las élites económicas instrumentalizan para producir condiciones de rentabilidad diferenciada que les permitan generar ganancias, vía la acumulación o la renta, y forma de control.

Se requiere, por lo tanto, de una producción desigual de espacios, tanto en formas como en representaciones, que estructure un tejido socioespacial donde unos segregan a otros para obtener ganancia o como medio de regulación social. La segregación espacial es una tecnología de poder que expulsa física y/o funcionalmente a cierta población como forma de despojo. Janoschka señala que:

[…] la nueva oleada de acotamiento de los bienes comunes, especialmente los que fueron desarrollados y creados por las clases populares en pos de limitar los intentos de valorar el espacio urbano. Siguiendo a Sassen en el escenario actual de la acumulación por desposesión se formaliza mediante la expulsión territorial de los que el mercado no necesita, al mismo tiempo que éste intenta incorporar a los circuitos de la acumulación capitalista los valores simbólicos y los recursos materiales de cualquier espacio considerado como deseado.29

Desde esta idea de la segregación como proceso y estrategia de regulación social, es importante mencionar que:

[…] La segregación residencial tiende a objetivarse en al menos dos formas de separación física: una es la distribución desigual de los grupos en el espacio, entendiendo por distribución desigual la conformación de zonas que, aunque variables en superficie, cantidad de población y límites geográficos, son aproximadamente homogéneas en función del atributo considerado. La segunda forma supone la primera, pero incorpora un refuerzo de la separación por medio de discontinuidades –más o menos fijas y más o menos permeables– en la transición desde una zona residencial a otra, fenómeno que en la literatura actual se conoce como fragmentación urbana.30

Desdoblando la propuesta de las dos formas de objetivación, se puede señalar que la segunda, la que supone una fragmentación, no sólo implica un rompimiento horizontal, sino que en un mismo lugar se fracturan distintas espacialidades que generan una segregación vertical. Es decir, en un lugar específico no se necesita de seleccionar el acceso al sitio, lo que se requiere es que la división de clases (en su sentido más amplio y no reducida a una cuestión de tenencia de medios de producción) se traduzca espacialmente en el lugar, generando que unos se incorporen al espacio como elemento reproductivo mientras otros lo experimenten como medio de dominación.

Se limita el acceso a la espacialidad como recurso social, lo cual no elimina las rentas de segregación, más bien las potencializa colocando a cada uno en su lugar y haciendo que cada uno se comporte en los espacios de acuerdo con su posición social. Se genera una performática en donde las interacciones entre los sujetos se ordenen en espacialidades distintas que permiten la realización del mercado y decodifican los patrones de dominación.

La renta de segregación, que se puede definir como “una práctica reiterada que consiste en la privación del acceso a ciertos lugares de la ciudad a los grupos de menores ingresos (particularmente en términos de vivienda), lugares que son apropiados de manera exclusiva por los grupos más pudientes”31 se complejiza para que la privación del acceso no sólo sea en términos de vivienda, sino de los espacios reproductivos. De esta manera, la renta de segregación combina el desplazamiento de sectores de pauperizados hacia nuevas periferias y la regeneración de enclaves y corredores exclusivos y terciarizados,32 con desplazamientos in situ que permiten que los recursos culturales de espacios sociales, formalmente abiertos a todos y supuestamente inclusivos, sean de acceso limitado y controlado.

Se trata de la realización de una lógica de diferenciación-homogeneización que pulveriza los espacios de las ciudades, fracturando los vínculos horizontales en función de articulaciones verticales. Esta racionalidad de la desigualdad se constituye como uno de los fundamentos de la producción espacial como medio de acumulación y como regulación social.33

Estas formas de ampliación y profundización de la segregación en términos verticales facilitan la generación de rentas culturales monopólicas, entendidas éstas como la tendencia a la generación y concentración de ganancias a partir de la mercantilización directa o indirecta de bienes culturales e históricos, de tal manera que “la renta monopólica es siempre un objeto del deseo capitalista, los medios para obtenerlo mediante intervenciones en el campo de la cultura, la historia, el patrimonio, la estética y los significados deben ser necesariamente de gran relevancia para los capitalistas de cualquier especie”.34

Las formas de concretizar las rentas culturales pasan por la puesta en valor directa de espacios (comercializar la experiencia de un espacio con ciertas características culturales), o indirecta (pagar un sobreprecio porque una mercancía es producida en un espacio específico que le confiere mayor valor al anclar los atributos del lugar). En esta dirección, la tematización de los espacios se constituye como una estrategia central para la generación de rentas de segregación y culturales.

Patricia Olivera explica que “la tematización de la ciudad contemporánea para inducir el consumo puede entenderse entonces dentro del ámbito de la reproducción del capital, profundizando la diferenciación social para el acceso a la diversidad de bienes y servicios, con lo cual se fragmenta el consumo”.35 Este proceso da cuenta sobre cómo se están incorporando ciertas representaciones, y en especial sus mecanismos de conformación y significación, en procesos de valorización con cada vez mayor peso e importancia tanto para la lógica de acumulación como para la propia vida cotidiana. La tematización de las ciudades es uno de los procesos más relevantes para recrear y concentrar condiciones de rentabilidad por medio del despojo de los recursos culturales e históricos tanto materiales como simbólicos.36

En esta dirección es que se considera que la representación espacial permite subjetivar y orientar la experiencia de los espacios de manera segmentada horizontal y verticalmente, ampliado las posibilidades de rentabilización de la segregación, por medio de la separación formal y simbólica que estratifica el acceso, y de la cultura a partir de su mercantilización vía su anclaje espacial.

Así, la decodificación de la ciudad como un espacio cultural intercambiable requiere de establecer representaciones espaciales que invisibilicen el desarrollo desigual como condición de reproducción social, naturalizando la diferenciación en el acceso a bienes materiales y de significación.

La subjetivación espacial es un factor central en la realización del desarrollo geográfico desigual para normalizar y naturalizar la desigualdad y la dominación. Los procesos de espacialización de las diferentes culturas reconfiguran las tramas socioespaciales por medio de la materialización de los universos simbólicos que cada grupo/comunidad genera, a partir de los cuales se ordena y delimita la praxis colectiva e individual.

Eje argumentativo 3: espacios de representación como posibilidad de justicia espacial

La tesis central en este eje es que la producción del espacio si bien implica la formulación del dominio en la representación espacial, también contiene la posibilidad de imaginar subjetivaciones diferentes a las hegemónicas. Se trata de trazar otras espacialidades que rompan con la desigualdad y busquen posicionar a la producción de espacio como recurso social y no únicamente de mercado o como mecanismo de gubernamentalidad.

Pensar en los espacios de representación permite aproximarse a la justicia espacial como apuesta teórica y también como posicionamiento político.37 La justicia espacial coloca al espacio en el centro de la configuración de las relaciones sociales de reproducción. Guadalupe Granero menciona que “pensar la justicia como proceso implica un cuestionamiento profundamente crítico a las relaciones entre desigualdad y producción-distribución, es decir, qué se produce, cómo y dónde (o, en otros términos, cuál es el modelo productivo) y, sobre todo, quiénes conducen y quiénes se apropian de esa producción o “de lo producido” y de los “beneficios que conlleva”.38

Además de esta reinserción epistemológica del espacio, la justicia espacial visibiliza una serie de problemáticas sociales, que se han profundizado en las últimas décadas, derivadas de la propia organización política del espacio, lo cual posibilita pensar la desigualdad y sus consecuencias como un resultado de procesos históricos concretos y no como algo dado de forma natural o trans-históricamente,39 lo que también implica pensar a los sujetos como productores de sus tiempos y sus espacios.

Dicha noción remite a las condiciones de justicia en las formas sociales, en sus tramas espaciales y en sus relaciones de reproducción a partir de la propia producción de espacios, se trata de una geografía como resultado, pero fundamentalmente como proceso.40 La justicia espacial representa una herramienta teórica que permite construir una mirada dinámica sobre las desigualdades, para trascender sus manifestaciones y aproximarse a su lógica desde las contradicciones que produce, además de orientar posibles formas de intervención, de tal manera que la relación dialéctica entre sujeto y espacio queda establecida desde la perspectiva de la justicia espacial, como una de las formas privilegiadas de realización de la praxis creadora.

La justicia espacial refiere a la necesidad de imaginar formas de producir espacios con base en criterios sociales y no de mercado, por lo tanto, implica deslocalizar a la segregación, y en específico a la renta de segregación, como eje de articulación socioespacial y de reproducción de las ciudades. Se trata de disputas de poder que irrumpen en la praxis espacial, en sus tramas materiales y sus formas de subjetivación.

La justicia espacial implica oponer los espacios de representación a los discursos políticos hegemónicos que pretenden vaciar códigos simbólicos que significan un obstáculo a la acumulación, es decir, contraponerse a la enajenación que invisibiliza la homogeneización que implica la mercantilización cultural.

Es en los espacios de representación que se pueden articular procesos de subjetivación que coloquen al espacio como recursos de sentido que oriente una práctica material centrada en la reproducción de los sujetos más allá de sus relaciones de mercado. En esta dirección, una praxis de justicia espacial reconoce las desigualdades estructurales como estrategias de poder, y a partir de dicha identificación, permite imaginar y trazar otras formas de organización espacial que puedan significar una contra-topografía de la dominación.

A manera de reflexión final

Los tres ejes argumentativos que se proponen tienen la intención de contribuir en una reflexión más amplia que identifique las formas concretas en que el poder se realiza en la producción espacial, en específico, se busca aproximarse a las tensiones existentes entre el momento de la representación espacial y los espacios de representación. Se trata de articular una mirada al poder en su organización espacial, tanto en lo que se refiere a un acceso diferenciado a medios de producción y reproducción, como a la producción diferenciada de representaciones espaciales como vehículo de legitimación de la dominación y por lo tanto como eje de regulación social.

Pero esta aproximación geopolítica abre el abanico analítico a posibles formas contestatarias al propio ejercicio de poder, mismas que se imaginan y formulan como espacios de representación, y es ahí donde radica la posibilidad material de concretar una justicia espacial como contra-topografía de la segregación.

De esta manera se considera que una mirada geopolítica al desarrollo geográfico desigual no sólo permite identificar las formas de segregación horizontal, sino también observar como en un mismo lugar se entrelazan diferentes espacialidades que regulan el acceso diferenciado a los recursos materiales y simbólicos, y de esta manera posicionar a la cultura como posible bien de intercambio, es decir, mirar a la mercantilización de la cultura como técnica de gubernamentalidad a la vez que como estrategia de acumulación.

Con esta propuesta se puede desdoblar la mirada a las rentas de segregación y culturales hacia las codificaciones simbólicas producidas en las representaciones espaciales y que se concretizan en subjetivaciones específicas que dan sentido a la desigualdad como eje de subjetivación. De esta manera se generan ganancias y se controlan y dominan poblaciones a través de segregar espacios de manera horizontal y también vertical.

Al respecto se podría concluir que el desarrollo geográfico desigual no sólo refiere a una serie de patrones diferenciados de acceso a recursos materiales, sino también a formas de simbolización que orientan cómo nos pensamos y cómo experimentamos nuestros espacios, buscando así armar e imponer un esquema que coloque “a cada quien en su lugar” y que “cada uno se comporte de acuerdo a su lugar”, como un instrumento de regulación y dominación social, mismo que se realiza y manifiesta en el espacio.

Pero como se ha señalado, la aproximación geopolítica también posibilita identificar potenciales contra-topografías a dicho modelo de regulación y dominación, mismas que se considera pueden conformarse en los espacios de representación, ya que es en este momento de la producción espacial que se pueden imaginar y, por lo tanto, prefigurar modos distintos de espacialidad, donde la cultura se fije como recursos de subjetivación política y no se vacíe en función de la acumulación.  En este caso se estaría concretando la justicia espacial como eje de sociabilidad.

Para finalizar se puede señalar que el enfoque de la justicia espacial no sólo orienta la disputa política, sino que significa una herramienta importante en el análisis y comprensión de las inequidades y desigualdades espaciales, así como para identificar quiénes participan, cómo lo hacen y qué finalidades persiguen.


NOTAS

1 Ver Ana Alessandri, A (re)producao do espaco urbano (Sao Paulo: edusp, 2008).

2 Observatorio Metropolitano de Madrid, “Introducción”, en El mercado contra la ciudad. Globalización, gentrificación y políticas urbanas, ed. Observatorio Metropolitano de Madrid (Madrid: Traficante de Sueños, 2015) 17.

3 Ver Susana Neuhaus, “Gramsci y Foucault: El papel de los intelectuales en la difusión o construcción del imaginario social”, en Discurso hegemónico en la des-construcción del espacio público y la subjetividad, comp. Susana Neuhaus (Buenos Aires: Universidad de Buenos Aires, 2002) 9-29

4 Ver J. P. Fitoussi y P. Rosanvallon, La nueva era de las desigualdades (Buenos Aires: Manantial, 2006); Rolando Cordera y otros, Pobreza, desigualdad y exclusión social en la ciudad del siglo XXI (México: unam-Siglo XXI, 2008).

5 Ver Göran Therborn, Los campos de exterminio de la desigualdad (México: fce, 2016).

6 Ver David Harvey, Espacios de esperanza (Madrid: Akal, 2003).

7 Guadalupe Granero, Territorios de la desigualdad. Política urbana y justicia espacial (Buenos Aires: Surbanistas, 2017) 16.

8 Ver Neil Smith, “El redimensionamiento de las ciudades: la globalización y el urbanismo neoliberal”, en Capital financiero, propiedad inmobiliaria y cultura, David Harvey y Neil Smith (Barcelona: Universidad Autónoma de Barcelona, 2005).

9 Ana Alessandri, “De la ‘geografía de la acumulación’ a la ‘geografía de la reproducción’: un diálogo con Harvey”, en Actas del X Coloquio Internacional de Geo Crítica (Barcelona: Geo Crítica, 2008). Disponible en línea: http://www.ub.edu/geocrit/-xcol/programa.htm.

10 Citado en Ulrich Oslander, “Espacio, lugar y movimientos sociales: hacia una especialidad de resistencia”, Geo Crítica Scripta Nova VI, núm. 151 (2002): 4.

11 Ver Henri Lefebvre, Espacio y política (Barcelona: Península, 1976).

12 Marcelo Lopes de Souza, “Algunas notas sobre la importancia del espacio para el desenvolvimiento social”, en Cuaderno de Geografía Brasileña, comp. Graciela Uribe (México: Centro Geo Ingeniero Tamayo, 1998) 80.

13 Ver Milton Santos, La naturaleza del espacio (Madrid: Ariel, 2000).

14 Lefebvre, Tiempos equívocos, 231-232.

15 Ver Henri Lefebvre, La producción del espacio (Madrid: Capitán Swing, 2013).

16 Ver Michel Foucault, Defender la sociedad (México: fce, 2006).

17 Ver Claude Raffestin, Por una geografía del poder (Zamora: El Colegio de Michoacán, 2013).

18 Ver Pierre Bourdiue, La distinción. Criterios y bases sociales del gusto (México: Taurus, 2002).

19 Ver Raffestin, Por una geografía del poder.

20 Ver Foucault, Defender la sociedad.

21 Joan Nogue y Vicente Rufi, Geopolítica, identidad y globalización (Madrid: Ariel, 2001), 25.

22 Nogué y Rufi, Geopolítica, identidad y globalización, 25.

23 Ver Fitoussi y Rosanvallon, La nueva era de las desigualdades.

24 Ver Javier Ruiz-Tagle, “La segregación y la integración en la sociología urbana: revisión de enfoques y aproximaciones críticas para las políticas públicas”, Revista INVI 31, núm. 87 (2016).

25 Ruiz-Tagle, “La segregación y la integración en la sociología urbana”, 25.

26 Gonzalo Rodríguez, “Que es y que no es la segregación residencial. Contribuciones a un debate pendiente”, Biblio 3W Revista Bibliográfica de Geografía y Ciencias Sociales XIX, núm. 6 (2014): 2.

27 Rodríguez, “Que es y que no es la segregación residencial”.

28 Rodríguez, “Que es y que no es la segregación residencial”.

29 Michael Janoschka, “Gentrificación, desplazamiento, desposesión: procesos urbanos claves en América Latina”, Revista INVI 31, núm 88 (2016): 37.

30 Rodríguez, “Que es y que no es la segregación residencial”, 8.

31 Samuel Jaramillo, Hacia una teoría de la renta del suelo urbano (Bogotá: Universidad de los Andes, 2012), 162.

32 Ver Emilio Pradilla, “La economía y las formas urbanas en América Latina”, en Teorías sobre la ciudad en América Latina, eds. Blanca Ramírez y Emilio Pradilla (México: uam, 2013).

33 Ver David Harvey, Ciudades Rebeldes. Del derecho a la ciudad a la revolución urbana (Madrid: Akal, 2013).

34 David Harvey, “El arte de la renta: la globalización y la mercantilización de la cultura”, en Capital financiero, propiedad inmobiliaria y cultura, David Harvey y Neil Smith (Barcelona: Universidad Autónoma de Barcelona, 2005), 54.

35 Patricia Olivera, “La tematización como estrategia de consumo en la ciudad”, en Ciudad, comercio urbano y consumo. Experiencias desde Latinoamérica y Europa, coords.José Gasca y Patricia Olivera (México: unam-IIES, 2017), 81-82.

36 Ver Víctor Delgadillo, Patrimonio urbano de la ciudad de México. La herencia disputada (México: uacm, 2016). Ver Michael Sorkin, “Nos vemos en Disneylandia”, en Variaciones sobre un parque temático. La nueva ciudad americana y el fin de espacio público, ed. Michael Sorkin (Barcelona: Editorial Gustavo Gili, 2014).

37 Ver Edward Soja, Postmetrópolis. Estudios críticos sobre las ciudades y las regiones (Madrid: Traficantes de Sueños, 2008).

38 Ver Granero, Territorios de la desigualdad, 37

39 Ver Soja, Postmetrópolis.

40 Ver Granero, Territorios de la desigualdad.

Fabián González Luna
Colegio de Geografía, Facultad de Filosofía y Letras, unam
fabian_gluna@yahoo.com.mx


Fecha de recepción: 28 de marzo de 2018
Fecha de aceptación: 16 de abril de 2018

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DOI: http://dx.doi.org/10.22201/fa.2007252Xp.2018.17.64880

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