En 1931 se publicó La arquitectura moderna, de Frank Lloyd Wright, producto de las sesiones que pronunciara el arquitecto norteamericano en la Universidad de Princeton (Kahn Lectures). Wright avizoraba el futuro devenir con un argumento fundamentado en ideas sobre máquinas, materiales, hombres, oficios, artes, estilos, ornamentos, viviendas, rascacielos y ciudades. Del discurso moderno y funcionalista a la metamorfosis orgánica y naturalista.

“La verdad estética de una genuina realidad estructural” se debatía entre la construcción de la forma y su armonía contextual con una retórica sugerente y convincente. En su manifiesto resalta la narrativa con respecto a los graphs –así llamados por él mismo– sobre las obras que ilustraba en sus presentaciones. La singularidad de contenido, lenguaje y expresiones utilizadas en la publicación provocaba reacciones y sumaba seguidores. Su postulado coincide con la analogía que dedica al problema de la habitación: “Toda casa es una imitación del cuerpo humano demasiado complicada, burda, recargada y mecánica. Los cables eléctricos hacen las veces de sistema nervioso, las cañerías representan los intestinos, el sistema de calefacción y las chimeneas son como las arterias y el corazón, y generalmente las ventanas hacen de nariz y pulmones”.

La taxonomía habitacional comparte fundamentos con las fallas, dolencias y enfermedades de la arquitectura moderna; sus promesas y utopías fallidas. Arquitectura del fracaso propone al ensayo como reconciliación. Los nexos entre palabras y circunstancias del pasado y presente tienden vasos comunicantes para conversar con el futuro y, a la vez, posibilitan la identificación de rasgos adquiridos en la fragmentada modernidad mexicana.

Sobre esta “inquietud por el futuro” habló Eric Hobsbawm en Un tiempo de rupturas: “existe una gran diferencia entre las preguntas que, tradicionalmente, se formula el estudioso acerca del pasado (¿qué pasó en la historia, cuándo y por qué?) y el interrogante que desde hace unos cuarenta años sirve de inspiración para una corriente de investigación histórica cada vez más amplia: esos hechos ¿cómo hacen (o hicieron) sentirse a la gente?”.

Georgina Cebey describe espacios y pensamientos de relevancia política y social, y, por lo tanto, como toda figura retórica, asume la capacidad para viajar por estaciones de ideologías, logros y fracasos retroactivos y permanentes: “fracasos espaciales, al cascajo que no logra ser ruina y a la casa que es inhabitable; al monumento que es panteón y al cine que parece estacionamiento; al futuro que es pasado y al cristal que no deja ver nada”.

Mientras la antigüedad concebía el tiempo y la sucesión de eventos de una forma lineal, buscando siempre la continuidad ininterrumpida entre el pasado y el presente, la modernidad se construyó en continua crisis, fraccionada y plural. Marshall Berman identificaba dos vertientes principales en el movimiento modernizador al afirmar que “nuestra visión de la vida moderna tiende a dividirse entre el plano material y el espiritual: algunos se dedican al modernismo, que ven como una especie de espíritu puro que evoluciona de acuerdo con sus imperativos artísticos e intelectuales autónomos; otros operan dentro de la órbita de la modernización, un complejo de estructuras y procesos materiales –políticos, económicos y sociales– que, supuestamente, una vez que se ha puesto en marcha, se muere por su propio impulso.

El mismo Berman, en su ensayo “Baudelaire: El modernismo en la calle”, se pregunta qué ha sido del destello visionario al comparar los “bordes deshilachados” de la imaginación de Baudelaire con las “texturas del espacio urbano” de Le Corbusier. El propio Baudelaire escribiría que “el pintor de la vida moderna” sería el presente, con un estudio de lo clásico, del valor histórico y contenido poético dentro de lo histórico, de lo eterno y lo transitorio.

La modernidad sería una voluntad de avance y evolución constante para la consolidación de “mejores estados históricos, racionalmente concebidos y fundados en la idea de civilización”; un principio de realización histórica con formas, procedimientos, expresiones, dinámicas y movimientos propios. Es por esto que la modernidad retratada en esta serie de ensayos resume el pensamiento de momentos específicos y porvenires, algunos más acertados y concretos que otros.

En el discurso de la modernidad, la perspectiva del futuro resulta central como una referencia histórica, por lo tanto, se expresa primero como utopía. Es en el tiempo moderno cuando se muestra la relación íntima de las ideas con las expectativas de creación y construcción de escenarios ideales. Las mismas ideas de avance, progreso, desarrollo, paraíso y crecimiento deseado son construcciones aspiracionales; la confianza en un futuro mejor, en el perfeccionamiento humano y técnico, abre la posibilidad de anticipar sueños, expectativas, anhelos, de confiar en que las cosas pueden estar mejor e imaginar futuros (o no).

Cebey desmenuza ocho sucesos con devenires comunes: la Torre Latinoamericana, el Metro Insurgentes, el Monumento a la Revolución, el Museo de Arte Moderno, Insurgentes 3000, el Memorial de las Víctimas a la Violencia, la Cineteca Nacional Siglo XXI y una crítica a la vivienda periférica. Algunos más contundentes que otros, lo más relevante recae en las fracciones y fragmentos, y para tomar conciencia de ello tan sólo hay que observar la correlación entre los orígenes modernos y su repercusión en arquitecturas particulares, en el proceso de intercambio, comunicación y diálogo para encontrar caminos formados por normas, políticas, sociedades y voluntades traslapadas.

“La estructura de poder capaz de condicionar la experiencia y proyecto inacabado de la modernidad… La catástrofe de un proyecto demasiado moderno para una sociedad demasiado desorganizada, un espacio que no supo acoplarse a los nuevos tiempos”. Entre crisis y argumentos inconclusos, la virtud de la publicación radica en su capacidad de empatía, ya sea a través de la narrativa, la historia oral –personal o testimonial–, la antropología, el contexto político-social, el cine o la arquitectura impuesta.

Los ensayos otorgan la posibilidad de un orden verdadero de los relatos, anticipa el sueño de la vida moderna e imagina a la futura sociedad humana. “La ilusión viaja en tranvía” (1953), de Luis Alcoriza y Luis Buñuel, sugiere una metáfora cinematográfica de los ocho ensayos breves. El futuro de la arquitectura no es arquitectónico. Georgina Cebey amplía un horizonte de ideologías, anhelos y porqués por encima de estilos, formas y ladrillos.

La organización racional del futuro encuentra su aliciente y fundamento en los procesos de la modernidad en construcción. Asimismo, las obras convertidas en rocas, escombros y derrotas espaciales. Aún con estos desenlaces y deformaciones de cimentación, la autora resarce discontinuidades históricas y manifiesta la muerte en sus manifestaciones ideológicas y arquitectónicas; es su esencia, pues “todo lo sólido se desvanece en el aire”.

Al final, Cebey apunta el patente y presente fracaso por venir. La vivienda social, deshabitada e inhabitable. La voracidad inmobiliaria, atroz y sin vuelta atrás dejando un polvo de texturas repetidas, hogares genéricos, ciudades de colección agotada y genéricas mareas urbanas. En suma, historias cuyo escorzo apuesta por más vicisitudes y menos reivindicaciones. Comunes de un ideal moderno que renderizaron una ciudad compartida por distintas clases sociales y que consumaron una ciudad neoliberal que subasta arquitectura y ubicación al mejor postor.

Juan José Kochen
Universidad Iberoamericana
Fundación ica
jjkochen@gmail.com


Fecha de recepción: 20 de abril de 2018
Fecha de aceptación: 23 de abril de 2018

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DOI: http://dx.doi.org/10.22201/fa.2007252Xp.2018.17.64884