Un levantamiento contra el mundo de la ciudad

El 28 de mayo de 1871 llegaba a su fin una de las manifestaciones espacio/temporales más importantes de la modernidad. La comuna de París es, aún en nuestros días, un momento y un lugar que se niegan a morir en nuestra memoria social. Su figura ha sido recuperada por el pensador radical como horizonte de posibilidad. Así también es traída a la palestra por el intelectual conservador como una muestra precautoria de la tragedia que puede devenir de la disrupción del orden. Los eventos de esos tres meses, llenos de experimentos democráticos, de conquista de los medios de producción, de luchas populares, de hambruna, de muerte, de fanatismo y de violencia constituyen un frenesí de praxis en todas direcciones, propósitos y reivindicaciones.

La Comuna se plantea no sólo como un ejemplo de revolución, sino que se transfigura en revolución misma.1 La búsqueda por la autogestión de las fábricas abandonadas por los burgueses que habían huido a la llegada del ejercito prusiano, el desarrollo de guarderías para los hijos de las obreras en reconocimiento de las formas inequitativas presentes en lo que actualmente conocemos como género, la completa defensa de la laicidad del Estado, la coerción a los templos para acoger las asambleas de vecinos y así sumarlos a los trabajos sociales, el indulto de las deudas de alquileres y la abolición de los intereses de todas las deudas2 apunta a que los grupos olvidados, los que llama Henri Lefebvre los “elementos negativos de la sociedad”, son los que buscan a través del cambio de las prácticas sociales la configuración de una nueva sociabilidad.3 Dichos elementos son negativos ya que se manifiestan inconformes con las formas de la modernidad capitalista y pugnan por la construcción de una alternativa al mundo “seguro” afirmado por el establishment.4 Cuanto construyeron nuevas formas de sociabilidad, en el trabajo, en el tiempo de ocio y en la satisfacción de necesidades, mostraron las fallas del modelo que proponía un mundo “seguro” ante el que se revelaron. Estos elementos, parte clara del proletariado según Lefebvre, se constituyen como creadores que buscaban la transformación de su comunidad en legitima comunión, convirtiendo a la cotidianeidad en una fiesta libre y perpetua.5

¿Pero ante qué mundo se revelaron esos hombres y mujeres? Decir que se revelaban hacia el capitalismo industrial es cierto, pero también es demasiado abstracto. Si para dar una respuesta procuramos espacializar los hechos la Comuna es una insurrección de carácter urbano. Es un levantamiento en ciudades (principalmente París, pero no exclusivamente), contra la vida que se experimentaba en ellas: contra las carencias, las enfermedades, la segregación y las vejaciones que se constituían como la miseria del hábitat de ese proletariado pauperizado, decimonónico en específico,6 pero que no les son ajenas a la experiencia de gran parte de la población urbana y periurbana de nuestros días, como ejemplifica la investigación de Michael Janoscka y Luis Salinas Arreortura sobre la urbanización periférica de nuestra propia ciudad.7

En este sentido coincidimos plenamente con Lefebvre cuando señala que la Comuna representa la única tentativa de un urbanismo revolucionario: arranca las marcas que espacializan simbólicamente el imperialismo que los aquejaba, como el derribe de la columna Vendôme; resignifica los espacios que le son negados, como la ocupación de las iglesias, y organiza su lógica democrática a través de la captación de barrios al movimiento. Es reconocer el espacio social plenamente en su dimensión política y pensar la forma de transformar dicha dimensión a través de la modificación o reinterpretación del territorio.8 Es un levantamiento tanto en contra del mundo del capital, como en contra del mundo material que ésta había diseñado para ellos a través de la figura del Barón de Haussmann, cuya reformulación completa de la ciudad, si bien respondía a una estrategia para resolver el problema del excedente de capital y mano de obra mediante la urbanización,9 resultó también en un ordenamiento territorial para administrar las relaciones sociales al desarrollar diversos mecanismos para fragmentar los espacios urbanos en aras de separar las clases sociales unas de otras, desarraigando a las clases trabajadoras del centro del París o condenándolos a habitar en el techo abuhardillado de las residencias. Si bien la reconstrucción de París logró absorber enormes cantidades de trabajo y de capital, también instrumentalizó la supresión autoritaria de las aspiraciones del proletariado como herramienta de estabilización social.10

Haussmann remplaza calles enredadas llenas de vida por enormes avenidas de fácil acceso. Fuerza la construcción de bulevares y espacios abiertos que se instrumentan como nodos estratégicos, que, si bien son hermosos, tienen un uso dual para actividades policiales y de seguridad, en donde las manifestaciones de resistencia tradicional mediante la construcción de barricadas son imposibles. Engalana la ciudad con símbolos del poder del Estado mientras que remplaza los barrios proletarios por habitaciones burguesas.11 No es casualidad que “uno de los aspectos más fuertes de la Comuna de París (1871) es la fuerza del retorno hacia el centro de la urbe por los trabajadores expulsados a los alrededores y periferias, su reconquista de la ciudad, esta pertenencia entre otras pertenencias, este valor, esta obra que había sido arrancada de sus manos”.12

Si bien el París de Haussman es el caso más representativo del ordenamiento urbano como estrategia de control social en el siglo xix, difícilmente es un caso aislado. De hecho, el crecimiento de la aglomeración metropolitana que ocurrió en ese periodo a lo largo de Europa responde al incremento acelerado de la población a raíz de la Revolución Industrial. La población europea pasó de los 200 millones de habitantes, con los que contaba en la etapa de las Guerras Napoleónicas, a los 600 millones de almas en el alba de la Primera Guerra Mundial. Esto significaba, según Lewis Munford, que, si en tiempos de Malthus un sexto de la población a nivel global vivía en las ciudades, esta cifra se convirtió en un tercio a la entrada del siglo XX.13 Hablamos del punto de quiebre en donde deja de existir el problema de población como tal y más bien se entra a la lógica de la población como problema.14 Además, en este lapso el ordenamiento urbano estratégico se expandió bajo la influencia colonial europea llegando a ser implantado en poblaciones que jamás habían reproducido su sociabilidad ni articulado sus ciudades bajo lógicas de segregación socioespacial.15 Ejemplos particularmente reveladores son los experimentos coloniales con el urbanismo para desarrollar milieux al construir nuevas formas a partir de la arquitectura, introducir infraestructura sanitaria y rearticular espacialmente las clases trabajadoras con el objetivo de producir nuevos órdenes que expresaran y mantuvieran relaciones sociales específicas y diferenciadas.16

La ciudad se vuelve en sí un instrumento de dominación, en donde su propia construcción apunta a la reproducción de las necesidades de una producción de carácter masivo que a su vez produce masas. La ciudad, tanto moderna como contemporánea, es nivelada a la menor posibilidad de una vida plenamente sensible, autónoma y activa. Se limita, según Munford, a la vida que requiere la maquinaria.17 Si bien la geografía social urbana actual reconoce la desindustrialización de muchas de las ciudades y regiones urbanas de los núcleos industriales de Europa y América del Norte, y la descentralización acelerada del empleo tanto de manufactura como de servicios dentro de las regiones metropolitanas,18 es posible sostener que la lógica de la ciudad aún se produce y reproduce mediante el espectro de un capitalismo pragmático, fragmentario y sin embargo totalizador, estructuralmente mecanicista, por lo que las formas de la reproducción de la sociabilidad industrial se mantienen plenamente dentro de sus órdenes.

Esta afirmación es posible gracias a los niveles de significación que se reflejan dentro del ambiente construido. Parafraseando y reinterpretando los tres niveles que propone Amos Rapoport,19 podríamos interpretarlos de la siguiente manera: el primero es “alto” y refleja la cosmovisión de los productores, de tal forma que el diseño urbano busca mostrar sus creencias metafísicas sobre el funcionamiento de la realidad. En este sentido encontramos que por más que surjan formas policéntricas dentro de las espacialidades urbanas,20 éstas reflejan teologías políticas, ideologías del progreso y formas demiúrgicas del desarrollo como fin último. En el segundo nivel se refleja la clase o la posición cultural del productor, lo que bien puede expresarse en la altura o en la configuración estética de los edificios, haciendo referencia directa de la posición dominante del grupo dentro de la sociedad, o su intento por sugerir dicho dominio. En este sentido la lógica imperante de la urbanización abstracta y fálica que describía Lefebvre no solamente continúa,21sino que se encuentra en continua expansión dentro de las maneras de “hacer ciudad” contemporáneas, siendo la lógica primordial de las formas diferenciales de renta urbana.22Por último, está el nivel de la cotidianidad que se centra en el modo en que el diseño urbano se relaciona con las maneras en que las personas transitan y fluyen por el espacio, afirmando los significados que existen en él. Este nivel es el más importante para la reflexión de este trabajo, y es que dentro de él la sociabilidad cobra su sentido instrumental, produciéndose y reproduciéndose. Es tan fuerte la inercia que ejerce, que difícilmente es posible salir de su flujo, lo que la traduce en la forma más representativa del orden y el control. Para Lefebvre, la Comuna de París no fue verdaderamente derrotada por las armas, sino que cayó por esa inercia de la costumbre dentro de la población que estaba siendo sacudida por la espontaneidad de la revolución.23

La producción del espacio urbano navega en estos tres niveles, los cuales se manifiestan de manera simultánea en su ordenamiento. Es interesante el planteamiento de Jane Jacobs cuando en su momento afirmaba:

Las ciudades son un inmenso laboratorio de prueba y error, de fracaso y éxito, de la construcción y el diseño de ciudades. Este es el laboratorio en el que la planeación urbana debería haber formado, aprendido y probado sus teorías. En su lugar los practicantes y maestros de esta disciplina (si puede llamarse así) han ignorado el estudio del éxito y el fracaso en la vida real, han sido poco curiosos acerca de las razones del éxito inesperado, y son guiados en su lugar por principios derivados del comportamiento y apariencia de los pueblos, suburbios, salubridad, ferias y ciudades imaginarios de ensueño, por todo menos por las ciudades mismas.24

Todos estos lugares que la crítica de Jacobs cita como abrevaderos del conocimiento urbano, son tanto síntoma como producto de diferentes dispositivos de orden, de producción de saberes y de controles biopolíticos para la administración de la población.25 De hecho, la crítica que realiza en sí es problemática, puesto que cuando uno trata de pensar la ciudad como una sola, como una unidad, necesariamente tiene que ceder a construirla en forma de abstracción. Materialmente hablando, su fragmentación instrumental es tal, que en realidad dentro de sus entrañas se desenredan mil mundos, mil formas que lejos de ser armónicas están pensadas más bien para segregarse, dividirse, violentarse y contenerse mutuamente, arraigando grupos humanos completos en sus lugares y en sus tiempos. La Comuna de París significa un espacio/tiempo particular, porque era un rompimiento de todos los espacios/tiempos presentes dentro de su urbe. Lo que en realidad nos interesa es reconocer que, si lo urbano en nuestro mundo contemporáneo está construido en tal nivel de conflictividad y contradicción, este fenómeno sólo puede desarrollarse mantenido relaciones asimétricas estratégicas claramente espacializadas que se encuentran en tensión continua. La ciudad, por tanto, es producto/productor de relaciones de poder y domino territorializadas que la hacen un sujeto idóneo para una reflexión geopolítica, para dar luz a los mecanismos de dichas dinámicas. Sin embargo, para llevar a cabo esa revisión geopolítica del espacio de la urbe, en principio es necesario comprender desde la generalidad la forma de su territorialidad, por lo que se requiere que en un primer tiempo observemos su naturaleza fragmentaria.

La fragmentación de lo contidiano

La lógica de la fragmentación se encuentra imbuida dentro de la traza de las ciudades, incluso en los espacios públicos en su interior. Dinámicas dentro/fuera, inclusión/exclusión, centros/periferias o estasis/flujo son parte de los hilos de hormigón que le dan forma a las ciudades. Como bien observa Stavros Stavrides:

El orden urbano de las grandes ciudades contemporáneas parece estar caracterizado por unos ritmos dominantes y por excepciones localizadas. La discontinuidad espacial no desemboca en el caos ni en la posibilidad de que se produzcan disposiciones espaciales impredecibles, sino que, por el contrario, constituye un orden espacial distinto de las ciudades, que tienden a adoptar forma de archipiélago urbano.26

Esta configuración de archipiélago está lejos de padecer cualquier tipo de desconexión. De hecho, es todo lo contrario: para poder establecer sus flujos y ritmos propios, cada fragmento es dependiente de los demás para determinar su lugar dentro de las dinámicas de tránsito y la viscosidad del mismo. Los diferenciales espacio/tiempo resultantes de esta interconexión son parte integral del comparativo que jerarquiza a las diferentes piezas de este rompecabezas urbano.

Esta jerarquización se materializa, según Munford, a partir de tres aristas que conciernen a la reproducción del capital: la organización monopolística, el crédito financiero y el prestigio pecuniario. Y es que la ciudad es un contenedor de riqueza que funciona a partir de su concentración: ya sea a partir de bancos, de oficinas, de intercambios de valores y acciones, de la acumulación de la fortuna de las regiones en las que se encuentra anclada e incluso la captación de capitales globales de inversión extranjera.27 Desde el comercio hasta los créditos, todo requiere cercanía con la ciudad para ser resuelto. Dependiendo de la intensidad de la presencia de estas tres aristas dentro de un fragmento de la ciudad, será el lugar que dicha zona ocupe en relación con las demás piezas del archipiélago. Esto responde a que estas tres manifestaciones, al depender directamente del intercambio hiper dinámico de valores para existir, requieren de un entrecruzamiento de vías de comunicación que permitan que nada detenga dicho cambio: son de transito rápido, con amplia conexión y con un diseño que les permite mantener centralidad en tanto a la dinámica del capital, situación que se ve reflejada en formas de rentas diferenciales.

Este orden creado de la contradicción en movimiento es lo que Jacobs llamaba “el arte de la ciudad”: un intrincado balé en el que los bailarines tienen roles distintos y que milagrosamente se refuerzan unos a otros para componer una totalidad. Una danza irrepetible de lugar a lugar y llena de improvisación.28 Si bien comprendemos la delicadeza de la metáfora de Jacobs, reconocemos que, como en toda buena danza, hay una lógica que la dirige, un planteamiento que coordina y fuerza a los bailarines a entrar en un mismo zeitgeist, para regular la interpretación misma al coreografiar su acción. No existe una mano invisible que regule los pasos de los individuos, sino que es una forma concreta, lapidante, totalitaria y omnipresente: es el ritmo del tiempo.

Al mezclar la acción de los individuos en los archipiélagos urbanos con la repetición de su acción y tránsito al interior de ellos, llegamos a la reflexión de la cotidianidad: no sólo como nivel de significación del espacio urbano, sino como reflejo central de la forma mecanicista de la sociabilidad en la que habitamos. Como bien nos señala Lefebvre, una de las formas más acabadas de control de las formas de vida se basa en la supeditación del tránsito de las mismas a la medición rítmica de la maquinaria de un reloj. Afirma:

La cotidianidad está modelada en el abstracto, tiempo cuantitativo, de los relojes. Este tiempo fue introducido poco a poco en occidente después de la invención del reloj mecánico, en el transcurso de su entrada a la práctica social. Este tiempo homogéneo y desacralizado ha salido victorioso en la medida que otorgó la medida al tiempo de trabajo.29

La medida del tiempo de trabajo es, en un primer momento, la base de la acumulación del capital cuando ésta se erige como la unidad a partir de la cual se medirá la venta de la fuerza del trabajo mediante la forma de salario, enajenando la remuneración del trabajador a lo verdaderamente producido. Sin embargo, la fuerza del tiempo cuantitativo va más allá. Para Stavros Tombazos el capital es precisamente de organización conceptual del tiempo. No es ni una cosa ni una simple relación social, sino una racionalidad viva que guía la lógica que es la historia.30

Dentro de la cotidianeidad se presentan dos formas armónicas que constituyen una doble espiral dialéctica. Por un lado, está la miseria de la cotidianidad, que es la recolección de los pesares que la clase trabajadora debe experimentar en su día a día para poder cumplir su función sistémica. Ya sean tareas repetitivas y tediosas, la traducción de las formas de la vida al reino abstracto de los números, las preocupaciones por cubrir las necesidades básicas: todas estas manifestaciones del día a día, entran en ciclos repetitivos para la clase trabajadora que hacen que tenga un conocimiento íntimo de su condición, el cual se manifiesta en formas de abstinencia, deseos reprimidos, un clima de lo económico individualizado, el peso de la salud y la vitalidad, y el valor de la espontaneidad, entre muchos otros.31 Por el otro lado, existe un poder de la cotidianidad que se encuentra en su continuidad, el enraizamiento de las personas a un lugar por la necesidad, la adaptación de los cuerpos al tiempo, al espacio y su condicionamiento de los deseos. Es la impredecible e inmensurable tragedia que se encuentra acechando en el día a día que hace del individuo el “objeto” de la historia y la sociedad, pero también el “sujeto” que le da forma y cuerpo. Es la condena del hombre al sistema mismo.32

El surgimiento de la cotidianeidad como razón central de la producción del espacio/tiempo del capitalismo llevó a la muerte de la ciudad tradicional: aquella ciudad de espacios absolutos en donde se daba primacía a los dos primeros niveles de significación del espacio urbano. Como dice Harvey, fue víctima de la insaciable necesidad de la burguesía por disponer de capital sobreacumulado que pudiera ser invertido en procesos de destrucción y construcción creativas, llevando a la urbe a un crecimiento incontrolado e ilimitado en donde poco importan las consecuencias sociales, políticas o medioambientales.33

La nueva ciudad capitalista desarrolló un régimen de diferenciación de espacios que le permitió viabilidad a la cotidianeidad. Como señala Neil Smith, dicha diferenciación entre el espacio del trabajo, el espacio de resistencia, el espacio de la producción y el espacio de la reproducción constituyó los nodos a partir de los cuales los flujos de personas se iban a derivar en sus espacios/tiempos. Esta diferenciación del mercado laboral se convirtió en la definición empírica de los límites del urbanismo.34

No surge de la nada que dentro de formulación de una teoría critica de la urbanización se haga particular hincapié en el carácter ideológico y político del espacio urbano, en donde éste es tanto lugar, como medio, como resultado de la continua construcción y reconstrucción de las relaciones históricas del poder.35 Ya que el proceso de la producción de ciudades capitalistas continúa su carrera a nivel global por desarrollar y perfeccionar espacios instrumentalizados, fragmentarios y productores de cotidianeidad, es necesario que las formas de la crítica se adapten y se reinventen en relación a las nuevas geografías que la dominación urbana configura y a los conflictos que emanen de las mismas.36

Es por ello que, si deseamos hacer un análisis desde una perspectiva geopolítica que contemple la naturaleza de la cotidianidad como instrumento de dominación dentro de la ciudad archipiélago, debemos poner como piedra de toque los abordajes epistemológicos propios de una teoría crítica de la ciudad. Para acompañar nuestra reflexión, Neil Brener es muy claro cuando señala que la teoría crítica del urbanismo presenta las siguientes características:37

  • La insistencia de argumentos teóricos y abstractos en relación con el proceso urbano bajo el capitalismo, mientras que se rechazan la sustitución de la teoría a favor de preocupaciones meramente prácticas o instrumentales.
  • Observar el conocimiento de las cuestiones urbanas desde su especificidad histórica y a través de relaciones de poder.
  • Rechazar las formas de análisis urbano que sean instrumentales, tecnocráticas y guiadas por las necesidades del mercado, para evitar su mantenimiento o reproducción.
  • Buscar las posibilidades de urbanismo alternativas, radicalmente emancipatorias, que se encuentren latentes, aunque sistémicamente suprimidas dentro de las ciudades contemporáneas.

¿Quién dijo geopolítica urbana?

¿De qué hablamos cuando hablamos de geopolítica? Ésta es un área del conocimiento que está muy lejos de contar con un consenso sobre cuál es su área de estudio en específico. El propio término geopolítica es polisémico y su utilización se encadena más a la intencionalidad del autor que al desarrollo de un corpus de conocimiento plenamente estructurado.38 Eso no significa que no existan intentos bastante serios de desarrollar un pensamiento ordenado y claramente definido. En lo referente a la reflexión sobre la ciudad desde la geopolítica, consideramos que hay dos ejemplos que resultan particularmente reveladores: tanto en su forma de reflexión espacial, en el aporte que realizan, en su comprensión de las relaciones de poder en el fenómeno urbano, como en la manera en que se encuadran en el debate mismo que comprende la geopolítica en sí.

El primero es el que ofrece Stephen Graham, que considera que para abordar la dimensión geopolítica de la ciudad debe de hacerse hincapié en el papel que juega la posibilidad de su aniquilación, primordialmente en un escenario de batalla, dentro del diseño de la misma. Levanta lo que él llama el lado “oscuro” de la modernidad urbana para ilustrar la manera en que la guerra, el terror y el lugar de aniquilación no pueden ser separados del urbanismo moderno, señalando además que la tradición académica de este último ha realizado históricamente un encubrimiento epistemológico de dicha relación.39

Para Graham, existe en la modernidad una propensión para el ataque y la destrucción de la vida urbana, ya sea mediante actos organizados de guerra, por maquinarias de planeación urbana o por regímenes de Estado-Nación.40 De hecho, Graham señala que la planeación urbana civil, en el desarrollo, la restructuración o la modernización de la ciudad, está envuelta en niveles para su propia devastación, su “ruinación”, o para el desplazamiento masivo de población: estas tres líneas que ocurren también en la guerra abierta. Nos dice:

Incluso en las sociedades supuestamente democráticas, la reestructuración urbana planificada a menudo implica la violencia estatal autocrática, la destrucción urbana masiva, la devastación forzada de los medios de subsistencia e incluso la muerte en masa. Éstos se justifican a través de discursos heroicos y mitológicos que enfatizan la modernización, la higiene o el progreso. Invariablemente, la destrucción que sigue se dirige contra los lugares marginados y las personas que se construyen discursivamente como atrasadas, sucias, anticuadas o amenazantes para el orden dominante. Tanto en las sociedades autoritarias como en las democráticas, las ideologías de planificación urbana a menudo han invocado deliberadamente metáforas de guerra y militarismo para legitimar actos violentos de transformación planificada.41

La imagen que nos plantea Graham recuerda mucho a la restructuración de Haussman a la que hacíamos referencia en la primera parte de este trabajo. La extinción y destrucción de las antiguas casas y habitaciones de París en favor de reconfigurar la materialidad urbana para poder abrir las puertas al despliegue de la Belle Époque como epopeya de la burguesía. Graham nos reafirma cómo estrategias enteras de colonización u ocupación están basadas en la destrucción o la devastación de las ciudades, sustituyendo un mundo, una cultura, una forma de ser, por otra.42

También es un caso interesante el papel en que las formas de conflictividad y guerra del siglo XX influyeron en la evolución de la planeación urbana. El urbanismo modernista, por ejemplo, tiene una relación directa con el peligro de un bombardeo aéreo. Esto es patente en la Europa de 1930, donde observamos la necesidad de replanificar completamente las ciudades para que presenten objetivos lo más pequeño posibles a las filas continuas de bombarderos pesados que podrían llegar a ser desplegados por alguna de las principales potencias mundiales. Así también, son los urbanistas y arquitectos modernistas los que vieron en esa devastación inimaginable una oportunidad sin precedentes para reconstruir ciudades enteras de acuerdo con sus principios. Como parte de la reconstrucción de la posguerra, los planificadores y arquitectos modernistas parecían, en casi todos los casos, casi agradecidos con el trabajo de los bombarderos que había arrasado paisajes urbanos de calles y edificios tradicionales, previamente construidos de formas estrechas.43

Ya entrada la Guerra Fría, las capacidades de destrucción son elevadas a niveles inimaginables gracias al surgimiento de la bomba nuclear. A partir de los años 50 del siglo pasado, Graham observa que a menudo la remodelación urbana se desarrollaba deliberadamente en función de la percepción de que la propia ciudad descansaba en el centro de la cruz nuclear, por lo que se tendía a procurar la desconcentración y a promover la expansión en las ciudades estadounidenses. También apunta que la renovación urbana de la posguerra entra en lógicas cuasi militares con relación a la comunicación intra e inter ciudades, la concentración de la población y los tiempos de reacción de la seguridad.44

La reflexión de Graham nos lleva al momento neoliberal en donde el principal peligro está en la radical “contingencia de la metrópolis”, donde nos encontramos con urbanizaciones cada vez más decaídas, paisajes urbanos degradados e infraestructuras defectuosas. Muchos de estos sitios distópicos contienen conflictos étnicos, colapso económico y social, colapso financiero y deterioro físico. En particular, el desborde de esta condición es percibida en el alza de violencia al interior de las urbes, donde éstas se convierten en plazas de disputa por organizaciones criminales de diversa naturaleza.45 Si bien existen ciudades que muestran un desarrollo ejemplar, la realidad del neoliberalismo está en el cómo se invisibiliza su impacto en todas las zonas periféricas o secundarias, producto de una intensificación de la acumulación de capital, dejando éstas a merced de tal empobrecimiento que transforman su espacio urbano en un campo de batalla.

Para finalizar, podemos ver en Graham una búsqueda por hilvanar la producción de conocimiento en ciencias sociales, en particular de relaciones internacionales, con el urbanismo con el fin de derribar los tabúes de este último y virar la mirada de las investigaciones en torno a la ciudad hacia las prácticas de aniquilación y devastación, ya sea que provengan del propio Estado o de la conflictividad dentro del orden global. Nos dice que en este mundo posterior al 11/9 y la guerra contra el terrorismo es necesario considerar los espacios urbanos y subnacionales como sitios geopolíticos cruciales, haciendo un particular énfasis en las intersecciones presentes en el urbanismo, el terrorismo y la guerra.46 Los postulados de Graham ciertamente tienen un carácter innovador: difícilmente es posible disputar eso. Toda la dinámica al interior de los dos primeros niveles de significación que veíamos en la primera parte de este trabajo, el de la cosmovisión y el de la jerarquización, tiene que relacionarse con la destrucción creativa de la urbe y las metanarrativas que la sostienen. La idea de desnudar la planeación urbana en relación al miedo que produce la capacidad de agresión del otro está concatenada por una dialéctica muy fina en donde la producción del otro se cristaliza mediante la producción de espacio, como en el caso de la estrategia colonial urbana.

La crítica principal a la propuesta de Graham está en la concepción de la geopolítica misma como la dinámica que proviene desde la escala global, construida como un discurso totalizador. Este problema no es exclusivo del autor, sino que se encuentra presente en dos vertientes muy importantes del pensamiento geopolítico: en la geopolítica imperialista y en la llamada geopolítica crítica.47 Al concentrar la capacidad de interpretar las relaciones de poder a una escala exclusivamente global, se enajena las dimensiones interescalares que dan sentido a dicha escala, desarrollando una vía unidireccional en la interpretación. Si bien lo local está más que presente en Graham, al entender la geopolítica como un fenómeno exclusivamente global, el urbanismo que observa se supedita a las dinámicas y conflictos mundiales, al orden interestatal, quedando a su merced interpretativa. Ello conlleva un gran problema, pues metodológicamente no permite ver como la ciudad misma no sólo es parte de dicho orden internacional, sino que muchas veces dicta y transforma la propia dinámica global (que está lejos de ser armónica y que deberíamos considerar un abuso a la realidad hablar de sólo una) a razón de sus propias estrategias y necesidades. Prueba de ello es que la globalización, sin una red interconectada de ciudades globales que funcionen como nodos para los flujos de los diferentes factores para la reproducción del capital, es simplemente impensable.48 Esto se traduce en que en ocasiones las necesidades materiales de Nueva York, por dar el ejemplo más claro, dictan dinámicas completas de la dinámica global. Dar en la geopolítica la preminencia, y prácticamente exclusividad, a la escala global sólo cierra las formas dialécticas del análisis necesario para desarrollar una explicación verosímil. Al hacerlo se tiende a transformar a la geopolítica en una forma ideológica, ya que enajena las espacialidades materialmente existentes bajo un paraguas con forma de planisferio.

La instauración de una lógica y razonamiento transescalar es un punto nodal para todo análisis geopolítico, y se encuentra ampliamente presente en la segunda propuesta para analizar. Esta proviene del interior del Instituto Francés de Geopolítica (IFG), también conocido como la escuela de Hérodote, fundado por el geógrafo Yves Lacoste. Precisamente, en su búsqueda de no dar una categoría ontológica a las escalas, no hablarán propiamente de “ciudad” y más bien harán una reflexión de la geopolítica de lo “local” para comprender la interconexión de diversas formas de territorialidad. Consideramos que dentro del grupo del ifg es necesario resaltar las aportaciones de Philippe Subra, quien ha trabajado de manera continua en torno al estudio de la conflictividad en el ordenamiento territorial, destacando su trabajo en macropoyectos metropolitanos como el Grand Paris.

Para Subra es necesario comprender las diferencias y convergencias que existen entre lo que él llama la geopolítica local y la geopolítica en general. Esta última es a la vez una geopolítica de las relaciones entre interestatales, externa e internacional, y una geopolítica de los conflictos internos del Estado, de las diferentes luchas territoriales que devienen del ordenamiento.49

Partiendo de que Lacoste señala que la geopolítica es el estudio de todo lo que concierne a la lucha de poderes o de influencias sobre los territorios y las poblaciones que en ellos viven,50 la geopolítica local se suscribe como parte de esta forma de razonamiento. Subra afirma que ésta estudia las rivalidades dentro del territorio, en la mayoría de los casos en áreas relativamente pequeñas que generalmente se encuentran al interior del Estado. Estas rivalidades movilizan a los actores a nivel local alrededor de problemas como la planificación, la conquista del poder político, la protección del medio ambiente, el impacto de flujos de migración en la comunidad, los suburbios, la segregación socioespacial y las relaciones entre comunidades étnicas.51 Nos dice:

La idea de una geopolítica local se basa en última instancia en una idea simple: el espacio no es sólo el escenario en el que se desarrolla la vida de las sociedades, y que por sus características (clima, relieve, hidrografía, tipo de vegetación, recursos del subsuelo) influye en sus modos de vida; él es también (y por esas mismas razones) un recurso o una riqueza, y por lo tanto el objeto de apetitos, de codicia, de proyectos o de prácticas de apropiación por parte de grupos o de actores con intereses en conflicto (contradictoires).52

Para ello, Subra afirma que la geopolítica local es especialmente útil para descifrar los discursos de los actores y las representaciones que les sirven para apuntalar sus intereses en relación con lo que materialmente está sucediendo sobre el territorio o el proyecto en disputa. Ello muestra qué tan efectivas están siendo las estrategias diseñadas por dichos actores en la disputa para alcanzar sus intereses. Así, estudiar los conflictos locales desde un enfoque geopolítico se convierte en una herramienta para informar a los ciudadanos y dar forma al debate público sobre lo que debería ser una respuesta en términos de interés general.53

El enfoque que da a la geopolítica el IFG es, en general, sumamente dinámico, pues no la entiende como un área específica del conocimiento social, sino como un método sistemático que sirve para explicar problemáticas en concreto. Toda lucha de poder tiene una dimensión espacial, pero su método se ocupará específicamente de las luchas referentes al territorio o que tienen una manifestación territorial. Esto significa que en realidad el corte metodológico de qué escalas corresponde articular para estudiar y entender la problemática no está definido por otra cosa que por la problemática misma. Para entender un problema local puede que sea necesario entender sus juegos (enjeux) en escalas regionales, nacionales, o globales, o puede que no, según sea el caso concreto.

El problema con el enfoque geopolítico del IFG para estudiar la ciudad está en varios niveles. En un primer nivel, si bien puede ayudar a comprender una problemática en un ensamble dentro de la ciudad, no observa necesariamente a la ciudad como fenómeno concreto, es decir que no toma en cuenta sus especificidades espacio/tiempo. Por otro lado, si bien como metodología geopolítica es una de las más avanzadas, al centrarse en el estudio de la representación en relación con lo materialmente existente en la problemática territorial, no pone atención, y de hecho en ocasiones enajena, la dimensión estructural de dinámicas de la clase o de género. Por último, la geopolítica para ellos es aplicable en el momento en que se presenta un conflicto o competencia en su dimensión espacial, pero en la práctica suele ser utilizada cuando es ya una situación visible, en virtud de ser una alteración del orden o incluso una escalada de violencia física. Para utilizar la representación como arma, el conflicto debe ser representado por los pobladores, por lo que debe ser consiente en algún nivel. Esto conlleva nuevamente a una supresión de dinámicas estructurales dentro de aquello que le compete a la metodología, pues tienden a abarcar numerosas estrategias y manifestaciones inconscientes en el colectivo.

Tenemos entonces dos enfoques de geopolítica de lo “urbano” que, si bien cuentan con riquezas propias, no están exentos de su crítica. Además, ambos comparten un problema central: al no concebirse a partir de la especificidad material de la propia ciudad, ninguno de los dos puede problematizar plenamente la cotidaneidad como hecho geopolítico. Esto significa que ninguno puede observar el conjunto de prácticas, saberes y flujos más importante para el control de la población, que además es exclusivo de la forma urbana, como una serie de dispositivos para mantener relaciones de dominación dentro de los contornos de la aglomeración. Esto significa que, si bien pueden abordar problemáticas de la ciudad desde una perspectiva geopolítica, ninguna trata a la ciudad desde su especificidad estructural, desde su forma fragmentaria espacio/tiempo, por lo que ninguna es propiamente geopolítica de la ciudad. Rescatando la reflexión inicial, ambos enfoques podrían servirnos para explicar problemáticas dentro de la Comuna, pero ninguno podría plantear un planteamiento geopolítico general de la misma. Por ello, es necesario que desarrollemos un nuevo enfoque que tome en cuenta las dinámicas estructurales para dar paso a una propuesta que pueda observar la cotidianeidad, el día a día, desde una perspectiva geopolítica.

La geopolítica urbana desde la propuesta negativa

Hemos decidido enmarcar nuestra reflexión en la propuesta de geopolítica negativa en la que estamos trabajando desde hace tiempo. Consideramos que es adecuada ya que ha sido diseñada a partir del estudio de la producción del espacio y tiene como objetivo funcionar como un método, siguiendo en ello la concepción del IFG, para la observación de asimetrías estructurales que son guiadas por el poder efectivamente ejercido en donde se alteran y configuran los órdenes espaciales de forma estratégica. Nuestra propuesta se proyecta en dos cauces:

Por un lado, niega la epistemología que da sustento ideológico a la modernidad capitalista, denunciando a aquellos que al afirmarla y anteponerla a cualquier otra opción de interpretación excluyen toda construcción alternativa que no encaje dentro de sus límites. Por otro lado, busca en la construcción de sus análisis las contradicciones sistémicas que no sólo desmienten lo afirmado por la modernidad capitalista, sino que funcionan de trayecto entre la representación y la materialidad para iluminar la posibilidad de una praxis.54

Para nuestra propuesta, empecemos partiendo de la reflexión de Claude Raffestin en donde niega la posibilidad de contar con una concepción unidimensional del poder, puesto que esta oscurecería la riqueza de formas en que éste puede manifestarse.55 Siguiendo la concepción foucaultiana, debemos tener en mente los siguientes supuestos:56

  • El poder no se adquiere, se ejerce a partir de innumerables puntos, por lo que surge a través de la relación.
  • Las relaciones de poder no están en posición de exterioridad frente a otro tipo de relaciones (económicas, sociales, etcétera), sino que son inmanentes a ellas. Además, dichas relaciones no están aisladas, se alimentan y contraponen las unas a las otras.
  • Las relaciones de poder son a la vez intencionales y no subjetivas.
  • Nosotros sostenemos, a diferencia de Foucault, que las relaciones de poder siempre manifiestan por lo menos una arista de clase, de raza o de género.
  • Donde existe el poder hay resistencia y en virtud de ello o, en consecuencia, no está en posición de exterioridad respecto al poder.

Cuando hablamos de la producción del espacio de la ciudad, estamos hablando de un tejido de relaciones de poder que permiten el mantenimiento, no sólo de jerarquías territorializadas en los fragmentos de la ciudad archipiélago, sino de una serie de estrategias para que las relaciones sociales asimétricas que permiten que se reproduzca la realidad urbana en sí se mantenga en funcionamiento. No son estrategias inamovibles, todo lo contrario, se mantienen en perpetuo cambio y modificación según el proceso histórico en el que se enmarcan. Tampoco sostenemos que dichas estrategias espaciales son borradas de manera definitiva, ya que producir espacio significa su materialización territorial, lo que se traduce en “marcas” espaciales de procesos sociohistóricos anteriores. En esta dialéctica presente/pasado es donde los niveles de interpretación de urbe quedan cruzados por una serie de juegos entre lo dicho y lo no dicho para dar sentido a su funcionamiento. Existen tres dinámicas que consideramos, concordando con Fabián González, se presentan de manera continua con relación a la forma estructural de la dominación en la ciudad, vinculadas al uso de la violencia como mediación de su sociabilidad: la valorización del espacio, las rentas culturales especializadas y la conformación de dispositivos de regulación y control espacial.57 Es alrededor de esta tercera en donde gravitaremos en nuestra reflexión, al encontrarse más cercana a las temáticas que la geopolítica tradicionalmente aborda.

Así, siguiendo el promisorio trabajo de Mark Hanlen, lo primero que debemos observar en la planeación urbana es la relación entre el espacio visible y su articulación; entre su discurso y su materialización.58 Siguiendo a Jacobs encontramos que la ciencia o el arte de la planeación urbana, discursivamente, debe tener como meta catalizar y alimentar la cercanía de las relaciones de trabajo presentes en las diferentes áreas de la ciudad. En el discurso, la idea está en generar una gran diversidad de formas que le sean útiles a la ciudad y a su población para que a través de la planificación sea posible inducir la vitalidad propia de la ciudad.59 Sin embargo, materialmente encontramos una realidad que no apunta a desarrollar dicha cercanía virtuosa. Más bien todo lo contrario. Como bien observa González, la estructura material de la ciudad representa un orden espacial que cataliza más bien la diferenciación social como mecanismo de subordinación para reproducir adecuadamente las relaciones de producción, tanto en materia de trabajo como en realización del valor. La forma archipiélago de la ciudad contemporánea debe ser concebida como un acto estratégico de fragmentación, donde:

Se plantea como fragmentación una pulverización del espacio que opera un “vaciamiento” de su condición como recurso de reproducción social y donde cada fragmento de espacio es colocado como medio de valorización y a la vez de control social. La ciudad neoliberal es fragmentada no como resultado sino como una forma de instrumentalizar económica y políticamente la producción de espacio a favor de la lógica capitalista de diferenciación y jerarquización.60

La dialéctica presente entre el discurso y lo materialmente existente demuestra la suspensión de una lógica a la que hacíamos referencia en la segunda sección de este trabajo: aquella que existe entre la idea abstracta de la ciudad como un todo heterotópico y la materialización fragmentaria de lo realmente existente. Dicha dialéctica está abierta a ser interpretada como una condición geopolítica. Siguiendo a González, no es que la segregación que acompaña a la fragmentación sea necesariamente mala. El ordenamiento urbano puede aspirar a catalizar las diferencias de la que habla Jacobs. Sin embargo, cuando es instrumentalizada a razón de la diferenciación social, desarrolla una homogenización de los espacios pauperizados, totalizando la experiencia de clase al limitar su movilidad social o sus capacidades de dar forma y sentido a sus propios espacios. Esto acentúa la dominación de la clase dominante, para quienes sus fragmentos o espacios representan lugares en donde verdaderamente pueden desarrollarse plenamente como sujetos. Por tanto: “Estos efectos negativos de la segregación se materializan en la fragmentación urbana estructurante, lo que provoca una articulación entre la degradación social y urbana y el aislamiento físico de pobres, sin que lo anterior redunde, necesariamente, en una mayor distancia física entre clases”.61

Esto da pie a que observemos, siguiendo nuevamente a Hanlen, las formas que dentro de la planeación urbana se manifiestan en las relaciones y conexiones entre lo dicho, a través de planos, textos y comunicaciones y lo no dicho, así como las estrategias e intenciones en relación con los efectos y prejuicios. Significa revisar la función estratégica dentro de la planeación de ejes, bulevares, circos, triángulos de oro y puntos de observación, como los diseñados por Haussman, así como las otras innovaciones del diseño urbano posteriores.62 Desde esta perspectiva, sería abrir el ejercicio que Graham desarrolla a todas las escalas posibles de la dominación, no sólo a su forma global.

Creemos que la síntesis de ese proceso se encuentra en la forma en que se expresa simultáneamente el juego de las organizaciones en el espacio/tiempo de la población,63 pieza central para la comprensión de la cotidianidad desde una perspectiva geopolítica. Consideramos, inspirados en la propuesta de Raffestin, que hay cuatro elementos interconectados e interdependientes a observar:

  • El primero es la canalización, entendida como la coerción aplicada a miembros de determinada población para tomar líneas de acción materializadas dentro de la producción del espacio. Las vías de comunicación, las formas de trasporte público, los espacios de congregación: todos mantienen una performatividad de clase y/o género que reafirma la producción del sujeto que las ocupa. Si bien una calle es una calle, no es lo mismo si materialmente se encuentra elevada y cuenta con un peaje determinado que exige cierta fluidez económica para ser utilizada en el día a día por el sujeto. De igual forma, no es lo mismo una avenida que no presenta un diseño con banquetas, dejando clara la negación a transitar en su flujo a todo aquel que no cuente con un vehículo, o bien tenga que utilizar uno colectivo. Es también notorio, que si bien el trasporte público puede ser utilizado por todos, sólo para ciertos sujetos es necesario para reproducir su día a día. Si bien los lugares de congregación pueden ser ocupados por todos, según la hora del día aumenta el riesgo para la seguridad de un sujeto sobre otro con relación a su propio cuerpo. Todos estos espacios por los que fluye estratégicamente la población son visibles para nosotros, pero su uso, o desuso, da forma a la canalización estratificada de la población, en relación a su rol dentro de la reproducción de la sociabilidad.
  • El segundo elemento es el de la contención, que se traduce en formas de exclusión para aislar y dirigir a la población. Las formas de discriminación y segregación siempre tienen una dimensión espacial. Ya sea mediante una imposición legal, o por el propio diferencial de los valores de cambio de los espacios de la ciudad, grupos enteros de población entran a una localización determinada, una región territorial explícita o un barrio específico en la ciudad.64 La contención lleva a formas de diferenciación social instrumentalizada en segregación, como ya hemos visto, que posteriormente se traducen en la estigmatización de las áreas pobres y marginales,65 Dicho estigma no sólo se encuentra en el lugar en sí, sino en los sujetos arraigados a él, negándoles la entrada franca a los espacios jerárquicamente superiores, donde su presencia es motivo de sospecha o levanta una alerta de seguridad.
  • El tercer elemento es el del control, que se traduce en el desarrollo de espacios de visibilidad y despliegue desde donde poder mantener la vigilancia mediante la tecnología política, a la que Foucault llama panóptica, y despliegues de coerción y castigo.66 Aquí las vías de comunicación y los espacios públicos tienen una doble función: si bien como ya hablamos canalizan a la población, eso facilita también su observación. También la accesibilidad de tránsito o de concentración facilitan el despliegue de elementos policiales o coercitivos para quirúrgicamente aplicar la fuerza en momentos de tensión. La manifestación, por ejemplo, toma políticamente las mismas vías públicas diseñadas con la amplitud necesaria para el despliegue del operativo que la contiene. La plaza a donde se conglomera el colectivo en resistencia tiene el uso dual para contener a los sujetos insurrectos en caso de ser necesaria su supresión violenta. Además, su carácter visible hace que el despliegue de fuerza tenga una función precautoria para los demás miembros de la población: que el acto punitivo sea público para que se erija como espectáculo de disuasión. Arquitecturas definidas para convertirse en símbolos correccionales, como las prisiones, son sólo la manifestación más patente de la instrumentalización del espacio urbano para el control: condición presente en el diseño de toda ciudad contemporánea.
  • El último elemento es la domesticación. Para Raffestin se traduce en rodear con una red, con una malla, donde todas las partes pueden ser observadas y toda población pueda ser intervenida. Cuando es trazada una retícula en la ciudad lo que en realidad observamos es una expresión del Estado que divide el espacio en mallas más o menos estrechas, tomando en cuenta sus medios y sus capacidades materiales, para poder “ver” lo mejor a su población.67 Detrás de la planeación urbana se encuentra la búsqueda por encontrar la “malla” más adecuada, ya sea abriendo vías de comunicación, desarrollando nodos de control o delineando límites o fronteras. El objetivo es trazar una red de distribución que tenga la capacidad de canalizar, contener y de controlar las contradicciones sistémicas dentro de su población en un espacio reducido. Así, el sujeto urbano se mantiene en “su” sitio según su rol en la reproducción de la sociedad y sólo sale de él para reproducir las funciones que les son asignadas. La repetición de este acto es su tránsito dentro de la cotidianidad que requiere de esa domesticación del sujeto para lograr su fin último: la dominación por medio de la apropiación de la existencia humana en todas sus formas tiempo/espacio.

Por último, retomando a Hanlen, es necesario que observemos cómo la planeación urbana depende de la relación entre los discursos institucionalizados, corporeizados a través de organizaciones o agencias, y la manera en que éstos son expresados a partir de los discursos arquitectónicos.68 Siguiendo a Lefebvre, la arquitectura en realidad es una forma de producción del espacio a un nivel especifico, que va desde una habitación hasta el diseño de paisajes.69 La arquitectura institucional, como el monumento por ejemplo, les da materialidad a los órdenes de autoridad y a su vez subsume las contradicciones de clase como base real de la reproducción, dentro de la misma narrativa para la vida social.70 En ambas dimensiones se da forma, mediante su espacializacion, a la idea de comunidad, el “vivir juntos” de la población.71 No es que refleje la cosmovisión de la población propiamente, es que al materializarse la produce y además da marco a sistemas de valor, de hacer y no hacer, que son plenamente accesibles a todos. Por otro lado, las expresiones arquitectónicas no monumentales, como edificios, develan el papel que juegan en la jerarquización de sus espacios mediante la sofisticación de su expresión estética o por su sólo tamaño.

Así la cotidianidad, vista desde su dimensión geopolítica, solamente puede ser implantada de forma plena en un espacio fragmentario y dividido, comunicado y segregado materialmente, para el control de la población mediante la prefiguración y el domino de sus espacios/tiempos. El error de pensar la audacia y la invención del movimiento revolucionario que se llevó a cabo en 1871 como sólo un rompimiento de las trivialidades reinantes en la vida cultural, política, moral y cotidiana de París se basa en no reconocer el carácter profundamente revolucionario que existe en dicho quiebre.72 Al observar a la ciudad desde la perspectiva geopolítica que proponemos, se redimensiona el carácter de lo común, lo normal y lo público, y nos revela el complejo tejido de espacios, discursos estrategias, subsunciones y reificaciones que materialmente son necesarios para producir una sociabilidad asimétrica, injusta y condenada al día a día. Al pensar la segregación socioespacial como hecho geopolítico; la fragmentación de la ciudad archipiélago como hecho geopolítico. La planeación urbana como hecho geopolítico nos lleva a reconocer la agresividad, la violencia y la lucha que de manera estructural está hilvanada en nuestros espacios, aunque para nosotros ya no sea visible. Por otro lado, más esperanzador, nos recuerda que también es un espacio de lucha, de oportunidad siempre presente de rompimiento, de un derecho a no ser lo que se quiere que seamos. La Comuna, con sus fallas y tragedias, nos enseña no sólo que insurrección es un arte, sino que la creación misma es insurgente;73 que, si bien la política de la ciudad continúa la guerra por otros medios, ella supone contradicciones que, con habilidad, compromiso, rigor, vigor y al mismo tiempo, táctica y estrategia, mantienen la puerta abierta a otro mundo posible.


NOTAS

1 Piotr Kropotkine, The Commune of Paris (Londres: Feedom Pamphlets, 1896).

2 Pierre Milza, «L’année terrible», vol. 2. La Commune mars-juin 1871 (París: Perrin, 2009).

3 Henri Lefebvre, “La Signification de la Commune”, Arguments 27 -28 (1962): 11-19.

4 Herbert Marcuse, Razón y Revolución (Barcelona: Atalaya, 1994).

5 Lefebvre, “La Signification de la Commune”.

6 David Harvey, París, capital de la modernidad (Madrid: Akal, 2008).

7 Michael Janoschka y Luis Salinas Arreortua, “Peripheral urbanisation in Mexico City. A comparative analysis of uneven social and material geographies in low-income housing estates”, Habitat International 70 (2017): 43-49.

8 Lefebvre, “La Signification de la Commune”.

9 David Harvey, Ciudades Rebeldes (Madrid: Akal, 2012).

10 Harvey, Ciudades Rebeldes.

11 Henri Lefebvre, Writings on cities (Cornwall: Blackwell, 2000).

12 Lefebvre, Writings on cities, 76.

13 Lewis Munford, The city in history (Londres: Martin Secker & Warburg, 1961).

14 Michel Foucautl, Seguridad, territorio, población (Buenos Aires: fce, 2006).

15 Munford. The city in history.

16 Margo Huxley, “Geographies of Governmentality”, en Space knowledge and power, Foucault and geography, eds. Joseph W. Crampton y Stewart Elden (Cornwall: Ashgate, 2007).

17 Munford. The city in history.

18 Paul Knox y Stephen Pitch, Urban Social Geography. An introduction (Essex: Pearson, 2010).

19 Amos Rapoport, The meaning of the built environment (Tucson: University of Arizona Press, 1990).

20 José Gasca Zamora, “Comercio y consumo bajo la reestructuración espacial urbana”, en Ciudad, comercio urbano y consumo. Experiencias desde Latinoamérica y Europa, coords. José Gasca Zamora y Patricia Olivera Martínez (Ciudad de México: Instituto de Investigaciones Económicas, unam, 2017).

21 Henri Lefebvre, La producción del espacio (Madrid: Capitán Swing, 2013).

22 Samuel Jaramillo González, Hacia una teoría de la renta del suelo urbano (Bogotá: Universidad
de los Andes, 2009).

23 Lefebvre, “La Signification de la Commune”.

24 Jane Jacobs, The death and life of great american cities (Nueva York: Vintage Books,
1961), 6.

25 Michel Foucault, Historia de la sexualidad vol. 1. La voluntad de saber (Ciudad de México:
Siglo XXI , 2011).

26 Stavros Stavrides, Hacia la ciudad de umbrales (Madrid: Akal, 2016), 67.

27 Munford. The city in history.

28 Jacobs, The death and life of great american cities.

29 Henri Lefebvre, Rhythmanalysis. Space, time and everyday life (Londres: Bloomsbury, 2013), 73.

30 Stavros Tombazos, Time in Marx. The categories of time in Marx’s Capital (Boston: Brill, 2014).

31 Henri Lefebvre, La vida cotidiana en el mundo moderno (Madrid: Alianza, 1984).

32 Lefebvre, La vida cotidiana en el mundo moderno.

33 Harvey, Ciudades Rebeldes.

34 Neil Smith, Uneven developent. Nature, capital and the production of space (Georgia: University of Georgia Press, 2008).

35 Neil Brenner, “What is critical urban theory?”, City 13, núm. 2-3 (2009): 198- 207.

36 Brenner, “What is critical urban theory?”.

37 Brenner, “What is critical urban theory?”.

38 No vamos a realizar en esta ocasión una rememoración del surgimiento del término y su utilización, como forma de ciencia, en la Alemania nazi. Si bien es pertinente para entender la genealogía del pensamiento geopolítico, los postulados de la escuela clásica alemana deben considerarse superados. Si bien autores como Robert Kaplan insisten en la validez de dichos postulados, es una afirmación que no debe ser tomada con seriedad.

39 Stephen Graham, “Cities as strategic sites: place annihilation and urban geopolitics”, en Cities, war and terrorism. Towards an urban geopolitcs, ed. Stephen Graham (Conrwall: Blackwell, 2004).

40 Graham, “Cities as strategic sites”.

41 Graham, “Cities as strategic sites”, 34.

42 Graham, “Cities as strategic sites”.

43 Graham, “Cities as strategic sites”.

44 Graham, “Cities as strategic sites”.

45 Graham, “Cities as strategic sites”.

46 Graham, “Cities as strategic sites”.

47 Para revisar un ejemplo de geopolítica imperialista actual véase el trabajo grotesco de Samuel P. Huntington, El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial. Por otro lado, para realzar una revisión de los postulados de la geopolítica crítica véase Gearóid Ó Tuathail, Critical Geopolitics: The Politics of Writing Global Space.

48 Saskia Sassen, Una sociología de la globalización (Buenos Aires: Katz, 2007).

49 Philippe Subra, “La géopolitique, une ou plurielle? Place, enjeux et outils d’une géopolitique
locale”, Hérodote 146-147 (2012): 45-70.

50 Yves Lacoste, Géopolitique: la longue histoire d’aujourd’hui (París: Larousse, 2006).

51 Subra, “La géopolitique, une ou plurielle?”.

52 Subra, “La géopolitique, une ou plurielle?”, 58.

53 Subra, “La géopolitique, une ou plurielle?”.

54 Federico J. Saracho López, “(Re)pensar la geopolítica critica. Un pequeño manifiesto desde la negatividad”, en Praxis espacial en América Latina. Lo geopolítico puesto en cuestión, coord. Efraín León Hernández (Ciudad de México: Facultad de Filosofía y Letras, unam/Ítaca, 2017).

55 Claude Raffestin, Por una geografía del poder (Morelia: Colegio de Michoacán, 2013).

56 Raffestin, Por una geografía del poder.

57 Fabián González Luna, “Pensar la violencia: espacios homogéneos vacíos”, en Apuntes teórico-metodológicos para el estudio de la espacialidad: aproximaciones a la dominación y la violencia. Una perspectiva multidisciplinaria, coords. David Herrera Santana, Fabián González Luna y Federico J. Saracho López (Ciudad de México: Facultad de Filosofía y Letras, unam/Monosílabo, 2017).

58 Mark Alexander James Hanlen, “City/state. Foucault, urbanism, and risk” (Tesis de doctorado, Facultad de Diseño y Tecnologias creativas, Auckland University of Technology, 2013).

59 Jacobs, The death and life of great american cities.

60 Fabían González Luna, Geografía y violencia. Una aproximación conceptual al fundamento espacial de la violencia estructural (Ciudad de México: Facultad de Filosofía y Letras, unam/Monosílabo, 2018), 182.

61 González Luna, Geografía y violencia, 182.

62 Knox y Pitch, Urban Social Geography.

63 Raffestin, Por una geografía del poder.

64 Raffestin, Por una geografía del poder.

65 González Luna, Geografía y violencia.

66 Michel Foucault, Vigilar y castigar. El surgimiento de la prisión (Ciudad de México: Siglo XXI, 2009).

67 Raffestin, Por una geografía del poder.

68 Hanlen, “City/state. Foucault, urbanism, and risk”.

69 Henri Lefebvre, Toward an architecture of enjoyment (Minnesota: University of Minnesota
Press, 2014).

70 Maclom Miles, Art, space and the city (Londres: Routledge, 2005).

71 Hanlen, “City/state. Foucault, urbanism, and risk”

72 Lefebvre, “La Signification de la Commune”.

73 Lefebvre, “La Signification de la Commune”.

 


REFERENCIAS

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Federico José Saracho López
Colegio de Geografía, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Nacional Autónoma de México, unam
fsaracho@comunidad.unam.mx


Fecha de recepción: 28 de marzo de 2018
Fecha de aceptación: 10 de abril de 2018

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