Introducción
 

Es difícil probar, en la extensa bibliografía que existe sobre el lugar, la idea sobre las fuertes
asociaciones existentes entre lugar, memoria e identidad.
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David Harvey, Justice, Nature & the Geography of Difference

 

Desde los filósofos griegos se reflexionaba sobre la importancia que tenía la memoria para mantener vivo el conocimiento y para la obtención de información de diferentes momentos de la vida de los humanos. Platón distinguía dos condiciones o elementos diferentes que constituyen la memoria: “[…] La conservación o persistencia, en una determinada forma, de los conocimientos pasados, que por ser pasados, deben quedar sustraídos de la vista: este momento es la retentiva; y la posibilidad de reclamar, al necesitarlo, el conocimiento pasado y de hacerlo actual al presente, lo que es precisamente, el recuerdo”.1 La discusión fue seguida por Aristóteles y por la filosofía antigua, quienes consideraron a la memoria como conservación y persistencia de los conocimientos adquiridos, postura a la que se adhirieron los escolásticos del medioevo y la continuaron.2

La ciencia moderna desarrolla dos teorías sobre la memoria: un grupo la reconoce como el recuerdo puro y otro la identifica como parte del recuerdo que se repite y, por eso, se recuerda como un elemento activo. Kant, por su parte, considera a la memoria como un elemento intrínseco al pensamiento exteriorizado; mientras que como un mecanismo asociativo se le adscribe a Spinoza.3 En forma sencilla, en la actualidad, la memoria es considerada como “la posibilidad de disponer de los conocimientos pasados”, incluyendo los que quedan disponibles o asequibles y no sólo los que quedan del pasado.4

Lo antes expuesto permite preguntar si hay alguna diferencia entre memoria e historia. Ello admite la posibilidad de reflexionar sobre las similitudes o diferencias que ambos conocimientos tienen como método cognoscitivo para obtener la información que documente un proceso general o uno urbano, en particular. La historia es un término que puede estar vinculado o no con la memoria; “significa investigación, información o informe que ya en griego era usado para indicar la información o narración de los hechos humanos”. Para algunos autores, esta definición de historia presenta en la actualidad una ambigüedad, ya que puede significar el conocimiento de tales hechos, es decir, la ciencia que disciplina y dirige su conocimiento, o los hechos mismos, en su totalidad.5

La historia se vincula con la memoria debido a que puede ser interpretada como pasado en sus diferentes variantes: sinónimo de pasado, tradición, mundo histórico y totalidad, entre otras.6 Aunque ambas son instrumentos que permiten conocer el pasado, no son lo mismo: la historia es aceptada como ciencia y se sirve de documentos y de fuentes oficiales que dan cuenta de hechos, procesos y transformaciones que no necesariamente se vinculan con el agente que está documentando el proceso, pues no es parte de lo que ha vivido o experimentado en su vida cotidiana. Sin embargo, puede integrar, como parte de algún interés particular, el punto de vista que el historiador tenga del hecho histórico o urbano por su relevancia para entender la realidad en que vivimos. La historia es una ciencia y es concebida como parte del conocimiento científico requerido para entender el pasado y reconstruirlo. Estas posturas, en una visión modernista, vinculan la memoria con el tiempo, sin que importe, para su definición, el espacio.

Hay otras posturas en las que la memoria, al ser parte de una experiencia personal y de la vivencia cotidiana, permite la generación del recuerdo que se tiene de un lugar o de un hecho; mientras al ser más individual y relacionada con el espacio, parecería menos importante para reconstruir procesos y, en ocasiones, hasta poco científico usarla, ya que no se vincula con una metodología especial para la comprobación científica y analítica de la realidad. En ocasiones, entre los científicos del laboratorio, existe una negación reiterativa a que la memoria, la percepción o la intuición se utilicen para hacer ciencia. ¿Por qué este desprecio a documentar la experiencia o la percepción como parte del método científico? La respuesta es muy compleja, pues implica hablar de la diferencia entre los métodos de trabajo de las ciencias básicas y biológicas, y las sociales, así como de los diseños o cómo cada investigador se adscribe a sus temas de trabajo, los métodos para desarrollarlos o bien otros instrumentos que le permiten adentrarse en el conocimiento. Podríamos afirmar que, en ocasiones, se han hecho mitos de personas, procesos, memorias o lugares que no se quiere o se puede desnitrificar, además de que tampoco se quiere mostrar el tema en una dimensión real, más amplia y abierta, sino maquillada. A partir de la década de los setenta del siglo xx, la memoria, la percepción y las vivencias de los agentes sociales urbanos y rurales adquieren importancia desde la filosofía y la geografía. Lo anterior se debe a la relevancia que algunas áreas del conocimiento (como la fenomenología y la geografía humanista, de Yan Fu Tuan,7 entre otras) han
dado a la experiencia cotidiana para vincularse con los lugares, generando identidades que son de interés para reproducirlos y conocerlos, o bien a posturas como las de Lefebvre,8 quien considera que el espacio vivido, representado o de representación es parte importante de la producción que éste puede tener.

La memoria se construye a partir de la experiencia que se tiene de un lugar, en especial el que emana de la percepción y la vivencia que se tenga en la vida cotidiana. El diccionario de filosofía reconoce por percepción tres significados principales: 1) se designa a “cualquier actividad cognoscitiva en general, en donde es un símil del pensamiento”; 2) se nombra a la “función o acto en donde está presente un objeto real”, es decir, es un conocimiento empírico y 3) “uno específico o técnico por el cual designa a una operación determinada del hombre en sus relaciones con el ambiente”, que es una interpretación de los estímulos.9 Si integramos estas tres visiones a la discusión entre espacio y memoria, podemos afirmar que: primero, la percepción es parte del conocimiento de un espacio o lugar que deriva de la vivencia cotidiana empírica que de él se tenga; segundo, que se relaciona con el medio en donde se vive, por lo cual queda integrado en la memoria a partir de un hecho aprendido que surge de la vivencia en un lugar; tercero, adquiere significados en función de cómo la vivencia se siente en el lugar y establece los estímulos y los sentimientos con los que se impregnan en nuestra memoria.

Las mediaciones que se tendrían que hacer estarían enfocadas en explicar la manera como cada una de las visiones que lo aceptan integran la memoria, la percepción y el sentimiento en sus estructuras de pensamiento. Sería interminable analizar las diferentes visiones que existen sobre la memoria y su vínculo con la historia, así como las asociaciones que existen entre la percepción y la experiencia, y cómo entre ellas se integran para la construcción de la memoria, además de que excede el objetivo del presente trabajo. Su grado de complejidad sería mayor si se analizaran los autores que producen su obra a partir de su propia experiencia o cómo ésta permite identificar lo que se desvanece en el aire10 o lo que persiste en un mundo cambiante y frágil que implica muchas posibilidades a partir de un lugar o un hecho específico. Esta doble función entre lo efímero y lo fijo es parte de la discusión que Harvey nos trae en relación con el tema en cuestión.11

A lo anterior, hay que agregar que la diversidad existe en este proceso de producción del espacio, en el cual la versión propia (lo que se vive y percibe de ella) puede ser distinto a la vivencia de otros (tiempo) en el mismo lugar (espacio). Percibir la vida a partir de la diversidad de experiencias y de la memoria que persiste sobre ellas es, sin duda, una forma muy rica de vincularnos con el pasado, pero también para imaginar otros momentos, otras transformaciones y otras trayectorias que permitan transformarlo en el futuro.

Por esta complejidad existente en el tema y la diversidad metodológica que podría existir para desarrollarlo es que nos enfocaremos en responder una pregunta: ¿cómo se vinculan los términos antes expuestos con el de espacio? Nos centraremos en el espacio urbano, pues es donde más se ha desarrollado el tema. En particular nos mueve la necesidad de identificar y diferenciar tres formas específicas a partir de las cuales la memoria entra en el análisis del espacio urbano: las visiones que ven la memoria y la percepción como algo fijo en el espacio sin que se mueva o transforme; las que la ven como parte integrante de la producción del espacio del mundo capitalista, y las que la visualizan como parte de la identidad que se construye en trayectorias espaciales, que forman lo que se denomina las geometrías del poder.

El espacio y el lugar de la memoria

Para insertar el espacio en la discusión de la memoria y la percepción es necesario clarificar la forma como éste se entenderá en la discusión. A diferencia de la tradición clásica o de las visiones modernas que lo consideran desde una perspectiva general, estática, disociado del tiempo y en ocasiones abstracto, en este trabajo se analiza la dimensión espacial como una construcción social y no como un locus de localización, en donde no lo definan las coordenadas geográficas o la ubicación en el mundo, en ciudades o países en específicos, como se hace en el urbanismo o la geografía tradicionales. 12 Desde esta perspectiva, e independientemente de cómo lo trabaje cada autor, es necesario aclarar que metodológicamente la concepción de espacio que adoptaremos para nuestra reflexión se tomará a partir de tres condicionantes que lo redefinen en las dimensiones sociales actuales que han sido parte de largas discusiones desarrolladas por décadas entre diversos autores:

  1. El espacio es dinámico y móvil y no es estático como por lo general se le ha considerado. Está estrechamente vinculado con los procesos de transformación social y, por lo tanto, al tiempo. Desde esta perspectiva, se adoptará una visión en donde espacio-tiempo se mueven y transforman de forma conjunta, están íntimamente vinculados y en constante movimiento, en producción conjunta y en relación con los agentes que intervienen en dicho proceso.13

  2. Al asumir una integración espacio temporal con la memoria, la percepción, la experiencia o la identidad, el o los agentes se erigen como elementos activos que permiten entender las transformaciones que se integran a su vivencia que, a su vez, está relacionada con el espacio que ocupan. Desde este punto de vista, el agente no es un número que puede cuantificarse en una ciudad, colonia o en un barrio, sino que es un ente activo que está integrado a su espacio y del cual tiene una experiencia particular o social específica, como parte de su experiencia cotidiana,14 y que por lo tanto es percibida, sentida y queda en su memoria.

  3. Al vincular espacio-tiempo con agente-experiencia o percepción se puede afirmar que la memoria que se genera de esa relación tiene una escala específica y es la de lugar. De ahí que esta categoría espacial sea usada por las tres visiones analizadas y sus autores como parte fundamental de la explicación de su producción y construcción a partir de la experiencia, la identidad o la memoria. Así, Harvey nos dice que “es necesario ver al lugar más allá que solamente el sitio de un evento […] sino la materialización de una historia que es en ocasiones negada extensivamente”15 y que es guardada por el agente como parte de su propia experiencia. Esto no limita al espacio a una sola dimensión, sino que permite entenderlo como abierto y multidimensional al de otras escalas: la global, la nacional, la regional u otros, en la dimensión del lugar.

Con estas condicionantes, hemos sintetizado varias posturas relacionadas con la epistemología del espacio que han redefinido desde inicios del siglo xxi otra forma de adentrarse en los estudios sobre el espacio y el lugar.16 En éstas resaltan dos puntos importantes: el primero es que estamos tomando una postura del espacio que es relacional a diferencia del espacio abstracto, general o documental de los trabajos cuantitativos que le manejan por números. Aquí la definición de lo que sucede en y con el espacio está en relación con todos los elementos que definen las condicionantes y las formas en que los procesos espaciales se desarrollan. El segundo se relaciona con los conceptos que en ocasiones usamos como sinónimos pero que no lo son, es decir, que al hablar de espacio, región, paisaje, territorio y lugar refieren a procesos específicos y diversos que vinculan espacio-agente, los cuales tienen que ver con posturas empíricas, teóricas y política sobre el espacio.

Asumir que la escala de la relación memoria, percepción y vivencia con el espacio es la del lugar tiene su sustento en las teorías y posturas que han desarrollado los estudiosos sobre el tema también con el sentido que la categoría adopta en el marco de las discusiones sobre el espacio. 17 Sobre la base de esta postura metodológica respecto del espacio, concretamente, ¿cómo se desarrolla el tema de la memoria en las tres posturas seleccionadas para la discusión en este momento?

La memoria en el espacio fijo del habitar y de la experiencia

Los discursos de la filosofía que fueron considerados por las ciencias sociales durante la década de los setenta, y en especial por la fenomenología, reflexionaron sobre la vinculación espacio-agente, en donde el lugar es resultado de procesos sociales que se construyen en su interacción constante a partir de la experiencia y la cotidianeidad que reproducen. En esta visión es importante recuperar dos posturas: 1) la que Harvey rescata de Heidegger, quien desde la filosofía acepta que “el lugar, es el locale de la verdad del ser”, que se construye a partir del habitar (dwelling)18 y 2) la que se desarrolla en la geografía humanista,19 relacionada con la experiencia que genera la identidad de un lugar a partir de los sentimientos que se tienen al vivirlo. Ambas han tenido gran influencia en el pensamiento de su tiempo, pero todavía siguen en la mesa de las discusiones y continúan aportando elementos para estudios sobre el lugar.

En relación con la primera postura, habitar se relaciona con una capacidad que tiene la humanidad de construir sus soportes para vivir, sus edificios, lo que genera raíces que producen, en palabras de Heidegger “tierra natal o patria” que les da significados.20 Si no se tiene dicha construcción, se generan desarraigos y falta de identidad con su entorno, por lo que el habitar tiene relación con recobrar la tierra natal, en la cual las “raíces significativas pueden establecerse”,21 lo que lleva a la construcción del lugar. En esta postura, es la raíz del nacimiento y su significado lo que generan el lugar y la memoria que de él se pueda tener.

A lo anterior, se agrega que, en opinión de Harvey, la postura de Heidegger refiere a la construcción del lugar en nuestra memorias y afectos a través de encuentros repetidos y asociaciones complejas22 y en donde éste constituye no sólo la construcción edificada, sino también su identificación con el medio ambiente.23 La manera como estos encuentros y asociaciones generan percepción y vivencia en la memoria no están desarrollados por el autor; sin embargo se acepta que contribuye a la formación de un sentimiento patriótico y de nacionalidad que queda sin mediaciones y confuso en la explicación. Por otro lado, la visión se adecua a una postura moderna del espacio, en donde éste puede conformar identidades nacionales que son semejantes en todos los ciudadanos y en todos los lugares, independientemente de su condición social, demográfica y económica, es decir, de su condición de clase. El desacierto se incrementa todavía más pues no existe una liga directa para explicar su origen ni su vinculación con los agentes sociales en específico. Por tanto, es preciso aceptar que tampoco se explica claramente la manera cómo se pasa de la percepción y la vivencia a la memoria ni cómo ésta puede persistir o desvanecerse y hasta olvidarse.

Si bien estas aseveraciones son importantes para entender la relación entre el espacio y la memoria de los agentes, en opinión de Harvey, son vagas en muchos aspectos, sobre todo lo relacionado con su vinculación con la sociedad industrializada del siglo xx.24 Así, habría que agregar también que lo son más en el mundo contemporáneo, constituido por una sociedad de consumo y de servicios que redefine consideraciones sobre el espacio a partir de la circulación de bienes y servicios en la terciarización de la economía que se funda en el comercio y el turismo.25 Esto genera nuevas vivencias y otras formas de vidas cotidianas que alteran o se mezclan con las anteriores al cambiarlas o al generar otras que ya no tienen que ver con las originales.

La segunda postura integrada en este rubro requiere que volvamos los ojos a la geografía humanista de Yan Fu Tuan, autor que equipara la categoría de espacio con la de lugar, a partir de adscribirle dos significados: “el de posición en la sociedad, entendida a partir de los usos y significados simbólicos que se obtienen de localizaciones específicas, y el de localización espacial, que se origina con el vivir en y con su asociación en el espacio”.26

En su opinión, las expresiones de carga emocional juegan un papel fundamental en la generación del espíritu y la personalidad del lugar que se conforman por su localización adquiriendo un sentido del lugar cuando “a pesar de adquirir sus caras únicas, los humanos, al expresar sus discernimientos morales o estéticos, dan a los sitios percepción a través de sus sentidos, gustos, preferencias y sentimientos.27 Para Yang Fu Tuan la manera de experimentar el lugar a partir de los sentimientos es fundamental, pues establece una liga directa entre sensaciones y emociones con la concepción de que los agentes que lo usan tienen y estructuran su lugar. En esta vinculación se pueden generar sentimientos positivos o bien negativos a un lugar (descritos estos últimos como topofobias, vinculadas con experiencias desagradables materializadas en espacios específicos que se convierten en símbolos de repulsión o de miedo).

Otros aportes que se adscriben a esta corriente en la escala regional son los de Frémont, de la escuela francesa, para quien el hombre, al interior de la región, no es un ente neutro, sino que se define en oposición, es decir: hombre-región, región-hombre “a partir de las percepciones y sentimientos que generan también las vivencias humanas”.29 ¿De qué manera se establecen esas ligas? A partir de las vivencias cotidianas que se generan en los lugares frecuentados por los agentes, por lo que también las experiencias de la vida cotidiana son fundamentales para entender estos vínculos.

Ambas corrientes, la fenomenológica y la de la geografía humanista, fueron fundamentales para redefinir la concepción del espacio en las ciencias sociales en su momento, particularmente en la geografía y en el desarrollo del urbanismo. Si bien son importantes para argumentar el por qué la vivencia, la experiencia y la memoria definen el espacio en su versión de lugar, tienen algunas limitantes. En primer lugar, al constituirse como parte de las ciencias modernas, tienen un dejo de generalidad que permite vislumbrar que la vivencia, las percepciones o los sentimientos son repetitivos en un lugar, sin mostrar una asociación directa con él para redefinirse mutuamente. En ese sentido parecería que en un lugar determinado es siempre igual la vivencia, la experiencia y la memoria, sin que haya o pueda haber diferencias a su interior. El espacio, es decir, el lugar en este caso es estático por lo que la experiencia actúa sobre el agente, con ello genera memorias que quedan en lo vivido del lugar, pero no en su experiencia con éste; de ahí que se mueven en un espacio que es estático y permanece así a pesar del cambio que ellas puedan tener.

En la visión heideggeriana de tierra natal o patria, el lugar que las genera es cerrado y no puede abrirse a la posibilidad de que alguna vivencia en otros lugares genere sentimientos de lugar compartidos más allá del que da la vivencia del nacer o de la habitación en un momento determinado.

No se niega la importancia que pueden tener los sentimientos, las vivencias y las percepciones para el estudio del lugar vistas desde estas perspectivas; de hecho, han sido importantes en determinado momento para redefinir el papel del espacio en la transformación social. No obstante, centrarse sólo en ellas puede ser limitante y hasta constituirse como una restricción más que como una posibilidad analítica para el estudio de los procesos sociales que se desarrollan en las ciudades.

La percepción en la producción del lugar

Lefebvre, filósofo y sociólogo francés, basado en la tradición marxista, publicó en 1974 el libro La producción del espacio, que por razones fundamentalmente políticas se tradujo hasta 2001 al inglés y en 2013 al español. En su afán por buscar una reconciliación entre el espacio mental, que se adscribe directamente a los filósofos y el espacio real de las esferas física y social de la vivencia, el trabajo se mueve hacia espacios de la vida cotidiana y las experiencias de los citadinos, lo que lo adscribe posteriormente, y de acuerdo con la interpretación de Harvey, en la producción del lugar. El contexto en el que se debe insertar el análisis del espacio en Lefebvre es la forma compleja como se desarrolla el capitalismo de la época, que en su opinión tiene tres niveles: la reproducción biológica de la familia, la reproducción de la fuerza de trabajo y la reproducción de las relaciones sociales de producción. A su vez, existe cohesión entre ellas, para lo cual la dimensión simbólica es crucial para mantenerlas y para vincularlas.29 Para él, el espacio integra multitud de intersecciones, cada una con su localización. Integra relaciones sociales y subsume relaciones de poder y otras expresiones que pasan por las construcciones que se entrelazan entre ellos. El espacio en concreto emerge como una triada que se desarrolla entre el espacio de las prácticas que integra “producción y reproducción y localizaciones de las formaciones sociales. Asegura continuidad y cohesión entre los miembros de la sociedad y las relaciones que garantizan los niveles de competencia y desarrollo”;30 a su vez, es el espacio percibido por la realidad de la rutina cotidiana.31 Las representaciones del espacio están ligadas a las anteriores manejando los signos y los códigos que generan las relaciones frontales; es decir, es el espacio donde los científicos, los urbanistas, los planificadores, los tecnócratas y algunos artistas identifican lo que se vive, lo que es percibido y concebido.32 Los espacios de representación incluyen simbolismos complejos, algunas veces codificados que en ocasiones se les define como los códigos de los espacios33 en donde se incluye el espacio de los habitantes y los usuarios, “pero también el de algunos artistas, escritores y filósofos que describen y se inspiran para hacer algo más que describir”.34

Desde esta perspectiva, el espacio es concebido como un proceso que es a su vez significado y significante que están interconectados.
Parece que en su visión estructuralista esto corresponde a dimensiones independientes, que tienen que ser vinculadas para comprenderse. En un cambio de escala, que queda todavía por aclarase, esta triada es retomada por Harvey para explicar la producción del lugar, adscribiendo la escala de la reproducción capitalista a la del lugar, por ser la de la reproducción de la fuerza de trabajo y la familia. En esta postura existe una doble representación: la del especialista que intenta interpretar, cambiar y organizar el espacio a partir de la planificación, por lo cual los imagina y los proyecta de una manera diferente de cómo es, y la que se genera a través de la vivencia diaria de quienes lo usan y lo viven cotidianamente, de quienes lo interpretan a través de códigos y símbolos con los que se identifican. Esta doble disyuntiva de imaginación-vivencia genera conflictos a veces entre quien vive el lugar y quien lo quiere transformar y organizar.

Es en esta forma de simbolizar el espacio que se vive y en donde se guarda la memoria del “hogar”, en donde la imaginación y la memoria se vinculan con la identidad que les es propia por el nacimiento.35 Sin embargo, y diferenciándose de la postura heideggeriana, en donde se adscribe al individuo el sentido del hogar, en la construcción de Harvey tiene uno doble que es social y ambiental, lo cual tiene también un sentido de la historia, pues es en el espacio donde se puede, a partir del sentido del lugar, buscar los imaginarios que pueden producir conjuntamente la capacidad del habitar en la tierra36 a partir de los que están guardados en la memoria social de sus habitantes, pero que pueden cambiar y estar en movimiento.

Si bien la postura es interesante, maneja como sinónimos los conceptos simbólicos de representación con los de identidad y memoria, sin que necesariamente lo sean. Si estos últimos son símbolos o interpretaciones de la realidad, se guardan como sus representaciones simbólicas, pero no como sentimientos o afectos como lo plantea Yan Fu Tuan. Esto es importante pues aparentemente son dos posturas diversas: la que los ubica en el lado de los sentimientos, como sería la de la geografía humanista de Tuan; y la que se ubica en el lado del simbolismo que se genera en la mente al vivir la realidad específica, como la capitalista que sería la de Lefebvre. En lo que sí coinciden es en partir de la vivencia cotidiana como parte fundamental de la impresión que de ella se hace, sea en el sentimiento o en la mente, pero en donde quedan todavía por reconstruirse teórica y metodológicamente las mediaciones que las ligan y las relacionan.

La identidad y las geometrías del poder

La propuesta de Doreen Massey sobre el ser del espacio quedó plasmada en su libro For space que amplía las visiones que estamos integrando esta reflexión. Ésta se basa en tres aspectos fundamentales que la diferencian de las anteriores. Primero, el espacio deja de ser el locus estático de localización cerrada de agentes y procesos para convertirse en una dimensión abierta y dinámica que se encuentra en continuo cambio y movimiento junto con los agentes. Con ello, el espacio y agente se mueven juntos de forma continua, al transformarse mutuamente en el tiempo, mismo que cambia conjunta y no de manera separada del espacio en específico, al ser el del agente que lo adscribe también al lugar. Segundo, en él las posibilidades que se tienen de este movimiento son múltiples, y se conforman a partir de la diversidad de alternativas que existen en el devenir del espacio-agente en el tiempo. Tercero, el espacio es producto de relaciones que están vinculadas implícitamente en las prácticas materiales que se transforman y se mueven en trayectorias que se desplazan sin terminarse nunca. Está en un continuo proceso que no se para y está en movimiento.37 A partir de estos aspectos fundamentales, nos preguntamos ¿cómo entra aquí la memoria, la identidad y la vida cotidiana en un espacio cambiante y siempre en movimiento?

Cuando la autora relaciona tan estrechamente espacio-agente con el tiempo, redimensiona la manera como la vida cotidiana que reproduce a los agentes genera identidades simbólicas que los identifican de manera particular a partir del lugar que tienen en la sociedad y el desarrollo. Sin embargo, como esa identidad está en continuo cambio y movimiento la localización pierde la importancia que los autores anteriores enfatizan, para dar pie a una vinculación mediada a través del posicionamiento que tienen los agentes con los espacios que ocupan en los procesos particulares propios, sean estos sociales, demográficos, económicos o políticos. Con ello, los agentes pueden integrar diferentes momentos de identidad dependiendo de la ocupación diferencial que se tenga en sus lugares de vivencia. Así, y basándose en algunas propuestas de antropólogos que trabajan sobre migración, se acepta que un agente o grupo de ellos pueden tener identidades diversas, pero esto dependerá de los espacios en que han vivido su transitar por diversos lugares.38

Las memorias que se generan a partir de las vivencias en diferentes espacios producen identidades que integran todas estas experiencias como parte de lo vivido y lo sentido, además de que permiten moverse al futuro de manera diversa, dependiendo de la experiencia y vivencia que tienen y de los imaginarios futuros que hayan generado las trayectorias que pretenden alcanzar. Esto produce, en ocasiones (cuando la identidad y el imaginario que se tenga sobre el espacio sea semejante), encuentros llamados co-presencias y hasta coexistencias en las visiones que tengan ciertos grupos o agentes y puedan generar acuerdos y proyectos para continuarlos a partir de la identidad que se comparte sobre el proceso. Por el contrario, si el posicionamiento de diversos grupos o agentes no permite que ellos se identifiquen, las trayectorias nunca se encuentran o bien lo hacen en el desacuerdo, el conflicto, la tensión o la contradicción, pues asumen que sus visiones no son similares y, por lo tanto, el desencuentro persiste.

Pensar así la transformación de las ciudades, los barrios, las colonias o las sociedades, sean rurales o urbanas, permite integrar de manera más lógica la vivencia múltiple y dinámica que se ha tenido localmente en el proceso de su propio cambio, asumiendo que éste no va a ser estático sino dinámico. En ese dinamismo, la memoria tampoco es una estructura mental fija con la que nacemos y morimos, sino que, en el devenir del transitar cotidiano en la sociedad y relacionándola con los espacios y agentes con los que a diario vivimos, se va transformando de forma continua en un proceso que con el tiempo adoptará múltiples dimensiones y posibilidades: nunca es cerrado ni mucho menos acabado. La memoria se integra en esta constante transformación y está también en ella; integra nuevos elementos y los conjunta con los de las memorias anteriores, siempre los cambia y siempre están en movimiento y conforma lo que la autora ha llamado las geometrías del poder que estructuran a diferentes espacios-tiempos.

Reflexiones finales

En la discusión existen temas pendientes o que requieren de un espacio-tiempo más amplio para resolverse que el de este ensayo y que en cada una de las visiones expuestas han sido resaltados como parte de la discusión. Por ejemplo, nos preguntamos: ¿cómo se pasa de la memoria individual a la memoria social de un lugar o de una sociedad en continuo proceso? Harvey lo resuelve con la categoría de genius loci. Después de argumentar con otros autores, dice que habitar permite la identificación con el medio ambiente, pero también de grupos y sociedades, es decir, de comunidades que adquieren ciertas prácticas conjuntas que les permiten identificarse colectivamente en ciertos procesos del capitalismo.39

En otras palabras, el lugar permite la conjunción de diferencias entre agentes y procesos; también, el paso de lo individual a lo social a partir de las prácticas sociales. Por su parte, en las geometrías del poder de Massey no se habla de este paso de lo individual a lo colectivo, ya que los lugares en sí mismos están conformados por memorias conjuntas a través de identidades que se comparten a través de las co-presencias que coexisten entre los agentes. La simultaneidad de los procesos es una de las condicionantes fundamentales para su existencia en algún momento de la transición. En ambos casos, y de diferente manera, se construyen memorias compartidas que se localizan en un lugar; en el primer caso, por la práctica conjunta y, en el segundo, por la coexistencia para transitar en el desarrollo socioterritorial al futuro.

Es preocupante la similitud con la que se habla de memoria e identidad, de percepción y experiencia, y vivencia cotidiana en los autores consultados. A manera de reflexión, sin que esto concluya el tema, se puede afirmar que la vivencia cotidiana es material y concreta, basada en la realidad material, física, biológica y social que existe en el desarrollo de la vida cotidiana de los individuos y los grupos sociales a partir de sus lugares. La percepción es simbólica y subjetiva; ésta ayuda a que la memoria se conforme por los códigos con los cuales esta experiencia se marca en la mente objetiva y subjetiva, también en el sentimiento humano, a partir de la experiencia. Ésta puede o no generar identidad, como una manera en que el ser humano se hace uno con la experiencia y la integra en sus simbologías como parte de su ser, de sus sentimientos y afectos. El lugar visto así, y tal como lo dijo Heidegger, es efectivamente el locus del ser humano. Es necesario retomar este tema y ampliarlo, pues es la parte medular de la discusión que aquí, de manera sucinta, nos ha ocupado.

Adicionalmente quedan dos temas para los cuales no tengo respuesta en este momento: ¿puede existir la posibilidad de que sobre algún evento de la vida o las prácticas cotidianas no exista memoria ni individual ni social? Por la manera como los hechos son documentados por la tecnología parecería que no, pero existen espacios y eventos muy oscuros que quizá es mejor no identificar ni identificarse con ellos, y que se prefiere borrar de la memoria. De ahí que me pregunto: ¿se desvanecen y de ellos no queda materialidad alguna?, ¿cómo rescatarlos por ser parte de la memoria de un lugar, de una ciudad, de una colonia o de una zona rural y qué importancia tienen para conformar su identidad? Con ello se puede afirmar que hay eventos que quedan en el colectivo social que son rescatados y transmitidos a otros agentes, aunque no hayan tenido la vivencia o la experiencia del hecho. Tlatelolco, en México, es un caso que ha permanecido después de casi 50 años, como un lugar emblemático que muestra como la represión se impuso en el país en un momento de su historia. De hecho, se ha institucionalizado la memoria y se ha hecho historia, como observamos con la puesta del Museo de la Memoria y la Tolerancia, que se anuncia como un medio para generar “consciencia a través de la memoria histórica”. La memoria fotográfica de algunos periodistas permitiría también rescatar estos aspectos oscuros que algunos quisieran que no salieran a la luz nunca, pero que en la actualidad es preciso rescatar.

Me pregunto también si las memorias pueden romperse o qué sucede cuando éstas pasan y se modifican; ¿dónde queda lo que era y cómo se articula con lo que es? Sin duda, queda mucho por trabajar sobre el tema y lo continuaremos en el futuro.

NOTAS

Nicola Abbagnano, Diccionario de Filosofía (México: Fondo de Cultura Económica, 4a ed. modificada, 2004), 700.

Abaggnano, Diccionario de Filosofía, 701.

Abaggnano, Diccionario de Filosofía, 701-702.

Abaggnano, Diccionario de Filosofía, 700.

Abbagnano, Diccionario de Filosofía, 545.

Abaggnano, Diccionario de Filosofía, 546-550.

Yan Fu Tuan, “Space and Place: Humanistic Perspective”, Progress in Human Geography, 6 (1974).

Henri Lefevbre, The Production of Space (Londres: Blackwell, 2001).

9 Abaggnano, Diccionario de Filosofía, 804.

10 Marshall Berman, Todo lo sólido se desvanece en el aire (México: Siglo xxi editores, 3ª ed., 1991).

11 David Harvey, Justice, Nature & the Geography of Difference (Londres, Blackwell, 1996), 304.

12 Harvey, Justice, Nature & the Geography, 294.

13 Doreen Massey, For space (Londres, Sage, 2005a) y Doreen Massey, “La filosofía y la política de la espacialidad: algunas consideraciones”, en Pensar este tiempo, comp. por Leonor Arfush (Buenos Aires, Paidós, 2005b).

14 Tuan, “Space and Place”.

15 Harvey, Justice, Nature & the Geography, 302.

16 Ver Blanca Rebeca Ramírez, Modernidad, posmodernidad, globalización y territorio: Un recorrido por los campos de las teorías (México: Miguel Ángel Porrúa/uam-Xochimilco, 2003) y Blanca Rebeca Ramírez y Liliana López Levi, Espacio, paisaje, región, territorio y lugar: la diversidad en el pensamiento contemporáneo (México: unam/Instituto de Geografía/uam-Xochimilco/csh/CyAD, 2015).

17 Ramírez y López Levi, Espacio, paisaje, región.

18 Harvey, Justice, Nature & the Geography, 299.

19 Ver Tuan, “Space and place”.

20 Harvey, Justice, Nature & the Geography, 301.

21 Harvey, Justice, Nature & the Geography, 300.

22 E. Relph, “Geographical Experiences and Being-in-the-world: the Phenomenological Origins of Geography”, en Dwelling, Place and Environment: Towards a Phenomenology of Person and World, ed. por D. Seamon y R. Mugerauer (Nueva York: Sage Journals, 1989) en Harvey, Justice, Nature & the Geography, 301.

23 Harvey, Justice, Nature & the Geography, 307.

24 Harvey, Justice, Nature & the Geography, 301.

25 Ramírez y López Levi, Espacio, paisaje, región.

26 Tuan, en Blanca Rebeca Ramírez, “La geografía regional: tradiciones y perspectivas contemporáneas”, Investigaciones Geográficas, Boletín del Instituto de Geografía 64 (2007): 121.

27 Tuan, en Ramírez, “La geografía regional”, 234.

28 A. Frémont, La région: espace vécu (París: Press Universitaires de France, 1976), 14, en Ramírez, “La geografía regional”, 121.

29 Henri Lefevbre, The Production of Space (Londres: Blackwell, 2001), 33.

30 Lefebvre, The Production of Space, 33.

31 Lefebvre, The Production of Space, 38.

32 Lefebvre, The Production of Space, 38.

33 Lefebvre, The Production of Space, 33.

34 Lefebvre, The Production of Space, 39.

35 Harvey, Justice, Nature & the Geography, 304.

36 Harvey, Justice, Nature & the Geography, 306.

37 Massey, “La filosofía y la política de la espacialidad”, 104-105.

38 Ver Akhil Gupta, “The Song of the Nonaligned World: Transnational Identities and the Reinscription of Space in Late Capitalism”, Cultural Antrophology 1, vol. 7 (1992): 63-79, y en general todos los autores que se inscriben en ese número de la revista.

39 Harvey, Justice, Nature & the Geography, 306-310.

 


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Blanca Rebeca Ramírez Velázquez 
Departamento de Teoría y Análisis, Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco 
blare19@me.com 


Fecha de recepción: 2 de mayo de 2017
Fecha de aceptación: 11 de diciembre de 2017

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DOI: http://dx.doi.org/10.22201/fa.2007252Xp.2017.16.62906